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Nadia vivía en el Valle de las Aguas, aunque hacía mucho tiempo que ese nombre no tenía sentido. Era como llamar «jardín» a un solar lleno de escombros, o «fiesta» a una habitación vacía. Los tres ríos que cruzaban el valle habían dejado de correr con fuerza, y algunos habían dejado de correr del todo.
El río del norte se había convertido en un hilillo marrón que olía a químicos y a algo podrido que nadie quería identificar. Sus orillas, que antiguamente estaban cubiertas de hierba y juncos, ahora eran franjas de barro grisáceo donde no crecía nada. El del sur estaba tapado por basura acumulada durante años: bolsas de plástico, botellas, latas, envoltorios de comida, incluso un colchón viejo que alguien había tirado una noche sin que nadie le viera. Y el del este, el más grande y antiguo de los tres, era solo un recuerdo seco: un cauce de piedras donde ya no quedaba ni una gota, como una herida abierta en la tierra que el sol castigaba sin piedad.
La gente del pueblo hablaba de los ríos como se habla de un pariente lejano que ya no viene a las fiestas: con un poco de nostalgia y mucha resignación.
—Los ríos se han agotado —decía el alcalde en cada reunión, encogiéndose de hombros—. Es el cambio climático. Es la sequía. No podemos hacer nada.
Pero nadie hablaba de la fábrica de plásticos que vertía sus residuos al agua por una tubería oculta que desembocaba en el río del norte. Ni de los campos de cultivo que usaban pesticidas tan potentes que envenenaban la tierra y todo lo que tocaba el agua de riego. Ni de las botellas, bolsas y envases que los propios vecinos tiraban al río del sur cuando creían que nadie miraba, porque caminar hasta el contenedor les parecía demasiado esfuerzo.
Nadia tenía diez años, el pelo negro como ala de cuervo cortado a la altura de los hombros, y unas botas de agua verdes que se ponía cada día, incluso cuando no llovía. Las botas habían sido un regalo de su abuelo Isidro, y se las ponía porque le recordaban a los tiempos en que las botas servían para algo: para chapotear en los ríos, para pescar truchas, para saltar entre las piedras mojadas.
De pequeña, el abuelo Isidro la llevaba al río del este cada domingo a primera hora. Mientras la niebla se levantaba del agua y los pájaros empezaban a cantar, el abuelo le contaba historias.
—Cada río tiene un nombre y una personalidad —decía, lanzando la caña con un movimiento suave—. El del norte se llamaba Bravo, porque bajaba de las montañas con tanta fuerza que podías oírlo rugir desde el pueblo. El del sur era Manso, porque se deslizaba tranquilo entre los árboles, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y el del este, el más especial de todos, se llamaba Elara. Era el río que cantaba.
—¿Cantaba? —preguntaba Nadia con los ojos muy abiertos.
—Si te acercabas a la orilla al amanecer, cuando el mundo todavía está medio dormido, y escuchabas con mucha atención, podías oír una melodía entre el agua. No era el viento ni los pájaros. Era el propio río. Tu bisabuela la oyó. Yo la oí de niño, una mañana de mayo que nunca olvidaré. Pero hace ya muchos años que Elara no canta.
El abuelo Isidro murió cuando Nadia tenía ocho años. Desde entonces, cada domingo, ella iba al cauce seco de Elara y se sentaba en las piedras calientes, con las botas verdes puestas, mirando el lecho vacío como si esperara que el agua volviera solo con desearlo.
—Si pudieras hablar, ¿qué me dirías? —le preguntaba al río que ya no existía.
Un domingo de primavera, cuando las flores silvestres empezaban a asomar entre las grietas del suelo reseco, Nadia fue al cauce como siempre. Se sentó en su piedra favorita, una grande y plana que tenía forma de tortuga. Cerró los ojos y escuchó el silencio.
Y entonces lo oyó.
No era el viento. No era un pájaro. Era un sonido que venía de debajo de las piedras, desde lo más profundo de la tierra. Débil, casi imperceptible, como el suspiro de alguien que lleva mucho tiempo callado y por fin encuentra fuerzas para hablar.
—Na… dia…
Nadia abrió los ojos de golpe. El corazón le latía como un tambor.
—¿Quién está ahí? —susurró, mirando a su alrededor.
—Soy… Elara… —dijo la voz, frágil como un hilo de agua—. Y necesito… tu ayuda.
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