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El verano de los mapas invertidos
Capítulo 1: El río que cambió de color


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Lo primero que notó Inés fue el olor. No el olor normal del río Jerte en verano, ese aroma fresco a agua limpia, a piedra caliente y a hierba mojada que había sido la banda sonora olfativa de todos sus veranos desde que tenía memoria. No. Aquella mañana de julio, el río olía a algo químico, metálico, como el interior de un taller mecánico mezclado con lejía barata.

Inés se detuvo en el puente de piedra que cruzaba el río a la salida de Navaconcejo, su pueblo, y miró hacia abajo. El agua, que debería haber sido transparente como el cristal —tan transparente que podías contar los guijarros del fondo y ver las truchas serpenteando entre las piedras—, tenía un tono verdoso turbio que no era natural. Parecía sopa fría. Y en la orilla, donde normalmente crecían juncos y mentas silvestres, había una franja de vegetación marchita, como si alguien hubiera vertido veneno a lo largo del cauce.

—¡Marcos! —gritó hacia la calle—. ¡Ven a ver esto!

Marcos llegó pedaleando en su bicicleta, con el pelo revuelto y una camiseta del Atlético de Madrid tres tallas demasiado grande que le llegaba casi a las rodillas. Tenía doce años, uno más que Inés, y era su primo segundo, aunque se trataban como hermanos porque habían crecido juntos en las mismas calles, los mismos huertos, las mismas piscinas naturales del valle.

—¿Qué pa…? —empezó, pero las palabras se le murieron en la boca al ver el río—. ¿Qué demonios es eso?

—No lo sé. Pero huele fatal.

Marcos bajó de la bici y se asomó al puente. Su expresión pasó de la sorpresa al enfado con la velocidad de una cerilla prendiendo.

—Esto no es normal. Esto es contaminación. Alguien está vertiendo porquería al río.

Llamaron a Zara, que vivía en la última casa del pueblo, junto al camino que subía al monte. Zara tenía once años, el pelo rizado hasta los hombros y una colección de minerales y fósiles que ocupaba dos estantes de su habitación. Su padre era biólogo y trabajaba en el Parque Natural del Valle del Jerte, así que Zara sabía más sobre ecosistemas de agua dulce que la mayoría de los adultos.

Cuando Zara vio el río, se arrodilló en la orilla y sacó un bote de cristal de su mochila. Siempre llevaba botes de cristal, por si acaso.

—Voy a tomar una muestra —dijo con la seriedad de un médico tomando una radiografía—. El color verdoso sugiere fosfatos o nitratos en exceso, pero el olor metálico indica algo más. Podría ser un vertido industrial.

—¿Industrial? —repitió Inés—. Aquí no hay fábricas.

—No que nosotros sepamos —matizó Zara.

A mediodía, los tres habían reclutado a dos más: Leo, un chico de once años cuya familia tenía el huerto más grande del pueblo y que ya había notado que sus cerezos se estaban secando sin explicación, y Candela, la hermana pequeña de Leo, que con solo diez años era la mejor orientadora del grupo porque sabía leer mapas topográficos con una facilidad asombrosa.

Se reunieron en la caseta de herramientas del huerto de Leo, que servía como cuartel general oficioso para todos sus planes de verano. Zara extendió un mapa del valle sobre la mesa improvisada —un tablón sobre dos caballetes— y señaló el curso del río.

—Si el agua está contaminada aquí, en Navaconcejo, el vertido tiene que venir de más arriba. El río baja desde la garganta de los Infiernos, pasa por Jerte, por Cabezuela del Valle, y luego llega aquí. Hay que seguir el cauce río arriba hasta encontrar el punto donde el agua todavía está limpia. Ahí estará el origen.

—Son kilómetros —observó Marcos—. Y gran parte del tramo es monte, sin caminos.

—Tenemos bicicletas —dijo Inés.

—Y mapas —añadió Candela, que ya estaba inclinada sobre el plano con un lápiz, trazando posibles rutas—. Hay un camino de herradura antiguo que sube paralelo al río por la ladera norte. Mi abuelo me lo enseñó. No sale en los mapas nuevos, pero aquí… —señaló unas líneas apenas visibles en el mapa topográfico— aquí está. Lo usaban los pastores.

—¿Cuándo? —preguntó Leo.

—Mañana —dijo Inés, y su voz sonó más firme de lo que ella misma esperaba—. Cada día que pasa, el río está peor. Si esperamos a que los adultos hagan algo, igual llega tarde.

—Mi padre ha avisado al ayuntamiento —informó Zara—. Pero le han dicho que mandarán un técnico «cuando se pueda». Eso en lenguaje de ayuntamiento significa semanas.

Marcos golpeó la mesa con la palma.

—Pues no vamos a esperar semanas. Iremos nosotros.

Aquella noche, mientras Inés preparaba su mochila con agua, bocadillos, protector solar y una libreta para tomar notas, miró por la ventana hacia el valle. El Jerte serpenteaba entre los cerezos como una cinta oscura bajo la luz de la luna. Había crecido jugando en aquel río, bañándose en sus pozas en verano, saltando de piedra en piedra con los pies descalzos. La idea de que alguien estuviera envenándolo le producía una indignación que le ardía en el pecho como un carbón encendido.

Mañana subirían río arriba. Mañana empezaría la búsqueda. Y no pararían hasta encontrar la fuente de aquella porquería verdosa que estaba matando su río, sus cerezos y la vida entera del valle.






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