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Elena odiaba los torneos. Odiaba las competiciones, las presentaciones en clase, los festivales de fin de curso y cualquier situación en la que alguien pudiera mirarla y juzgarla. Era la niña más tímida del Colegio Cervantes y no le importaba serlo. Al menos eso se decía a sí misma.
Pero el ajedrez era diferente. El ajedrez era silencioso, íntimo, un juego entre dos personas y un tablero donde no hacía falta hablar ni sonreír ni fingir que eras valiente. Elena jugaba al ajedrez desde los seis años, cuando su abuela Amelia le enseñó los movimientos básicos en la mesa de la cocina.
-El ajedrez es el único deporte donde la mente es el músculo más importante -decía la abuela, moviendo su alfil con dedos arrugados pero firmes-. Y tú tienes una mente brillante, Elena. Solo necesitas creerlo.
Elena no lo creía. Jugaba bien, sí, pero siempre en casa, a solas con la abuela o contra el ordenador. Nunca en público. Nunca en competición.
Hasta que el profesor de actividades extraescolares, don Ramón, anunció el Torneo Escolar de Ajedrez. Participarían todos los colegios de la ciudad. Los ganadores irían al campeonato regional.
-Elena, tienes que apuntarte -le dijo su amigo Dani, que era el único del colegio que sabía lo bien que jugaba.
-Ni hablar -respondió Elena.
-¿Por qué no? Eres la mejor jugadora que conozco.
-No soy la mejor. Solo juego en casa.
-Pues es hora de salir de casa.
Elena se negó durante una semana. Pero entonces llegó el fin de semana y fue a visitar a la abuela Amelia, que estaba un poco delicada de salud y ya no podía jugar como antes.
-Abuela, quieren que participe en un torneo de ajedrez -le confesó mientras le ayudaba a hacer la merienda.
La abuela dejó de cortar el bizcocho y la miró con aquellos ojos castaños que parecían ver más allá de las cosas.
-¿Y qué te da miedo?
-Perder delante de todo el mundo. Quedarme en blanco. Que todos vean que no soy tan buena como creen.
La abuela Amelia sonrió.
-Ven conmigo.
La llevó al trastero, una habitación pequeña al fondo del pasillo llena de cajas y recuerdos. De un armario alto sacó un tablero de ajedrez que Elena no había visto nunca. Era de madera oscura con incrustaciones de nácar, y las piezas eran figuras talladas a mano con un detalle extraordinario: los peones tenían expresiones en los rostros, los caballos mostraban las crines al viento, la reina llevaba una corona diminuta con piedrecitas brillantes.
-Este tablero perteneció a mi madre -dijo la abuela-. Y antes, a su madre. Y antes, a la suya. Lleva en nuestra familia más de cien años. Quiero que te lo lleves a casa.
-Abuela, es demasiado valioso…
-Es valioso porque se usa, no porque se guarda. Llévalo, juega con él, y si decides participar en el torneo, que te acompañe.
Elena se llevó el tablero a casa con la sensación de cargar algo sagrado. Lo colocó en su escritorio, admiró las piezas una por una y las fue poniendo en sus casillas. Cuando terminó, se sentó a mirarlo un rato largo.
Esa noche se despertó a las doce. No sabía por qué. Simplemente abrió los ojos y se quedó mirando el techo. La habitación estaba a oscuras, pero sobre el escritorio, el tablero emitía un brillo suave, como si la madera estuviera caliente por dentro.
Se levantó despacio y se acercó. Las piezas brillaban con luz propia. Y entonces, mientras Elena contenía la respiración, el caballo blanco se movió. No como se mueve una pieza cuando alguien la empuja. Se movió solo, dando un paso diminuto sobre la casilla, sacudiendo sus crines talladas como si fueran reales.
Elena retrocedió un paso y chocó con la silla.
-No te asustes -dijo una voz pequeña y firme.
Elena miró el tablero. El caballo blanco había girado la cabeza hacia ella y la miraba con unos ojos que brillaban como gotas de ámbar.
-Llevamos mucho tiempo esperándote -dijo el caballo.
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