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Nadia Reyes tenía once años y una costumbre que la hacía diferente a todos sus compañeros: mientras ellos corrían al patio en el recreo, ella corría a la biblioteca. No era que no le gustara jugar, sino que los libros le ofrecían algo que el patio no podía darle: respuestas. Y Nadia siempre tenía preguntas.
La biblioteca del Colegio Monteverde era un lugar especial. Ocupaba todo el segundo piso del edificio antiguo, con ventanales enormes que dejaban entrar la luz del sol en cascadas doradas. Las estanterías llegaban hasta el techo y había que usar escaleras con ruedas para alcanzar los estantes más altos. Olía a papel viejo y a madera de cedro, una combinación que Nadia asociaba con la felicidad.
La señora Lucía Mendoza era la bibliotecaria desde hacía más de veinte años. Era una mujer menuda, con el pelo canoso recogido en un moño y unas gafas redondas que siempre llevaba en la punta de la nariz. Hablaba en voz baja, como si cada palabra fuera un secreto, y conocía cada libro de la biblioteca como si fuera un viejo amigo.
—Buenos días, Nadia —saludó la señora Lucía cuando la vio entrar aquel martes de octubre—. Hoy te recomiendo la sección de astronomía. Acaban de llegar unos libros preciosos sobre las constelaciones del hemisferio sur.
—Gracias, señora Lucía, pero hoy vengo a buscar algo específico. Necesito información sobre predicciones científicas para mi trabajo de Ciencias Sociales.
La señora Lucía la miró por encima de sus gafas con una expresión extraña. Fue apenas un instante, pero Nadia lo notó. Había algo en sus ojos, como si la palabra «predicciones» hubiera activado una alarma silenciosa.
—Predicciones científicas… Sí, claro. Estantería doce, tercer estante. Encontrarás varios libros sobre meteorología, sismología y modelos predictivos.
Nadia asintió y se dirigió a la estantería indicada. Encontró lo que necesitaba rápidamente: un libro sobre cómo los científicos predicen terremotos y otro sobre modelos climáticos. Pero cuando se agachó para recoger un bolígrafo que se le había caído, vio algo que no había notado antes.
Detrás de la estantería doce, parcialmente oculta por un panel de madera que parecía parte de la pared, había una puerta. Era pequeña, apenas lo suficiente para que pasara una persona adulta, y estaba pintada del mismo color que la pared. Si no hubiera sido porque el bolígrafo rodó justo hasta la rendija inferior, Nadia jamás la habría descubierto.
Su corazón empezó a latir más rápido. ¿Una puerta secreta en la biblioteca? Miró hacia el mostrador donde la señora Lucía estaba catalogando libros nuevos, completamente concentrada en su tarea. Nadia sabía que debía volver a su sitio, abrir sus libros y hacer su trabajo. Eso era lo sensato, lo correcto, lo que haría cualquier alumna responsable.
Pero Nadia no podía ignorar una pregunta sin respuesta. Y aquella puerta era la pregunta más intrigante que había encontrado en mucho tiempo.
Con cuidado, empujó el panel de madera. Cedió con un suave chasquido. Detrás, la puerta tenía un pomo antiguo de bronce, oxidado por el tiempo. Lo giró lentamente, conteniendo la respiración.
La puerta se abrió a una habitación pequeña, del tamaño de un armario grande. No había ventanas, pero una lámpara de aceite colgaba del techo, apagada. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, y en ellas había exactamente trece libros. No eran libros normales: sus cubiertas brillaban con un resplandor tenue, como si estuvieran hechas de un material que no era del todo papel ni del todo luz.
Nadia alargó la mano hacia el más cercano. En la cubierta, con letras plateadas, decía: «Colegio Monteverde: Octubre – Diciembre». No tenía autor. No tenía editorial. Solo esas palabras y, debajo, un número: el año actual.
Abrió el libro por una página al azar y leyó: «El viernes 18 de octubre, durante la clase de Educación Física, Marcos Delgado se torcerá el tobillo izquierdo al intentar un salto en el potro. Será llevado a la enfermería a las 11:47. Su madre llegará a recogerlo a las 12:15».
Nadia sintió un escalofrío. El viernes 18 de octubre era dentro de tres días.
—No deberías estar aquí.
La voz de la señora Lucía sonó a su espalda, tranquila pero firme. Nadia se giró, con el libro todavía en las manos, el corazón latiéndole tan fuerte que estaba segura de que podía oírse en toda la biblioteca.
—Señora Lucía, yo… lo siento, encontré la puerta por casualidad y…
—Nadie encuentra esta puerta por casualidad, Nadia —dijo la bibliotecaria, entrando en la pequeña habitación y cerrando la puerta detrás de ella—. La puerta te encontró a ti.
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