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La distancia entre dos nombres
Un nombre difícil de pronunciar


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El primer día en un colegio nuevo es malo. El primer día en un colegio nuevo, en un país nuevo, donde hablan un idioma que has aprendido hace solo seis meses, es mucho peor. Pero el primer día de Amara Diop en el colegio Lope de Vega de Madrid fue, según su propia escala del desastre, un nueve sobre diez.

Empezó en la puerta, cuando la directora, doña Pilar, la presentó a su tutora con un nombre que no era el suyo.

-Esta es Amara Dió, la nueva alumna.

-Diop -corrigió Amara con suavidad-. Se pronuncia Diop. La pe suena.

-Dío… Diop. Claro, perdona. Bienvenida, Amara.

La tutora, Sonia, era una mujer joven con gafas grandes y una sonrisa que parecía genuina. La acompañó hasta el aula de sexto A, donde veinticinco caras la miraron con esa mezcla de curiosidad y desconfianza que los humanos reservan para lo desconocido.

-Chicos, esta es Amara. Viene de Senegal y va a estar con nosotros el resto del curso. Espero que la recibáis con los brazos abiertos.

Veinticinco pares de ojos. Veinticinco bocas cerradas. Veinticinco cerebros procesando información: nueva, extranjera, diferente.

Amara se sentó en el único pupitre libre, al fondo de la clase, junto a la ventana. La chica que se sentaba a su lado tenía el pelo rojo cortado asimétrico, un piercing diminuto en la nariz que probablemente estaba prohibido por el colegio, y una expresión de supremo aburrimiento que sugería que llevaba años cultivando esa mirada.

-Soy Noa -dijo sin mirarla-. Ese pupitre cojea. Mete un papel doblado bajo la pata izquierda.

-Gracias.

-No me las des. Es solo que el ruido del pupitre me irrita.

La mañana fue un desfile de momentos incómodos. En la clase de lengua, la profesora le pidió que se presentara y Amara lo hizo en un español correcto pero con acento, y alguien al fondo de la clase soltó una risita. En la clase de matemáticas, el profesor le preguntó si en Senegal también usaban el sistema decimal, como si fuera posible que en otro continente contaran de otra forma. En el recreo, un grupo de chicos la rodeó con preguntas que iban de lo inocente a lo incómodo.

-¿En África hay colegios?

-Sí.

-¿Y coches?

-Sí.

-¿Y internet?

-Sí. También hay rascacielos, hospitales, universidades y aeropuertos. Dakar tiene más habitantes que Madrid.

Hubo un silencio confuso. Amara sabía que no estaban siendo malintencionados. La mayoría no habían salido nunca de España y su imagen de África venía de documentales sobre safaris y anuncios de ONG. Pero la ignorancia, aunque no sea maldad, cansa igual.

La única que no le hizo preguntas fue Noa. La chica del pupitre cojeante pasó el recreo sentada sola en un banco, leyendo un libro con una concentración feroz, como si el resto del mundo no mereciera su atención.

-¿Siempre está sola? -le preguntó Amara a una compañera llamada Claudia, que parecía la más simpática del grupo.

-Noa es rara -respondió Claudia con un encogimiento de hombros-. No le gusta la gente.

-¿O no le gusta cómo la trata la gente?

Claudia la miró sorprendida, como si la pregunta no se le hubiera ocurrido nunca.

Cuando Amara llegó a casa esa tarde, su madre, Fatou, la esperaba con thiéboudienne, el plato senegalés de arroz con pescado que era su favorito. El olor lo llenaba todo: el pequeño piso de dos habitaciones en Lavapiés, el pasillo estrecho, la escalera. Era el olor de casa, de Dakar, de las tardes en el patio de su abuela mientras las mujeres del barrio cocinaban juntas y hablaban en wólof.

-¿Qué tal el colegio? -preguntó Fatou, sirviendo el arroz con esos movimientos elegantes que hacía todo parecer un ritual.

-Creen que en África no hay coches.

-Dale tiempo, hija. La ignorancia se cura con paciencia.

-¿Y el que se rió de mi acento? ¿Eso también se cura con paciencia?

Fatou dejó la cuchara y la miró con esos ojos oscuros y profundos que Amara había heredado.

-Tu acento es parte de ti. Es el sonido de dos idiomas que conviven en tu boca. No dejes que nadie te haga sentir vergüenza por hablar dos lenguas, Amara. Hay gente que no habla ni una con propiedad.

Amara sonrió a pesar de todo. Su madre tenía esa capacidad: convertir el dolor en perspectiva con tres frases.

Después de cenar, sacó su kora. Era un instrumento de veintiún cuerdas que su abuelo, Moussa, le había regalado antes de que se marcharan de Dakar. «Llévate la música, Amara», le había dicho. «La música no necesita pasaporte.» La kora era su tesoro: un puente de madera, cuero y cuerdas que la conectaba con todo lo que había dejado atrás.

Tocó durante una hora, con los ojos cerrados, dejando que las notas llenaran el piso pequeño y viajaran por la ventana abierta al barrio de Lavapiés, donde la noche olía a especias de cien países y las voces se mezclaban en idiomas que Amara no entendía pero reconocía: el sonido universal de la gente que ha venido de lejos.

Antes de dormir, abrió su cuaderno y escribió, como hacía cada noche, unas líneas en wólof que luego traducía al español. Era su forma de mantener los dos idiomas vivos, de no perder ninguno de los dos.

«Hoy ha sido difícil. Pero he sobrevivido. Y mañana será un poco menos difícil, porque hoy ya sé dónde está el baño, cómo se llama la tutora y que el pupitre cojea por la pata izquierda.»

Cerró el cuaderno, apagó la luz y escuchó los sonidos de Madrid entrando por la ventana. Eran diferentes a los sonidos de Dakar, pero eran sonidos de ciudad, de gente, de vida. Y la vida, en cualquier idioma, siempre suena parecido.






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