Book Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Chapter Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Class Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Assignment Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Quiz Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Discussion Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Character Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
School Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Ignis supo que algo andaba mal cuando las velas del taller de su padre se encendieron solas. Las diecisiete velas que iluminaban la fragua de herrería más antigua del Valle del Crisol cobraron vida simultáneamente, con llamas de un azul intenso que no pertenecía a ningún fuego natural. Su padre, un herrero de manos curtidas y espalda doblada por años de trabajo, dejó caer el martillo que sostenía y retrocedió dos pasos.
—Otra vez no —murmuró.
Ignis tenía catorce años y un temperamento que hacía honor a su nombre. Era impulsivo, rápido para enfadarse y más rápido aún para arrepentirse, un ciclo de erupción y ceniza que repetía con la frecuencia de un volcán activo. Pero nunca, hasta aquel momento, había perdido el control de su don de forma tan espectacular.
—No soy yo —dijo, mirando sus manos. Estaban frías. Normalmente, cuando su poder se activaba, sentía un calor intenso que empezaba en el pecho y se extendía hasta las puntas de los dedos. Pero ahora no sentía nada. Las llamas azules no venían de él.
—Si no eres tú, ¿quién…? —empezó su padre, pero no terminó la frase.
La puerta del taller se abrió de golpe, y con ella entró un hombre que no era de este mundo. O al menos, no de esta era.
Era enorme, más alto que cualquier persona que Ignis hubiera visto, con hombros anchos como yunques y brazos cubiertos de cicatrices que brillaban con un resplandor anaranjado, como metal fundido bajo la piel. Su rostro era anguloso y severo, enmarcado por una barba trenzada con hilos de cobre, y sus ojos eran dos pozos de lava líquida.
—Soy el Maestro Forja —dijo, y su voz sonó como el golpe de un martillo sobre el acero caliente—. Y he venido a buscar al elegido del fuego.
El padre de Ignis se interpuso entre el extraño y su hijo con la protección instintiva de un progenitor que reconoce una amenaza.
—Mi hijo no va a ninguna parte.
—Tu hijo tiene un don que no puede controlar. Un fuego interno que crece cada día. Si no aprende a dominarlo, acabará consumiéndolo a él y a todo lo que le rodea. —El Maestro Forja habló con una calma que contrastaba con la tensión del momento—. No vengo a llevármelo por la fuerza. Vengo a ofrecerle una elección.
—¿Qué elección? —preguntó Ignis, asomándose por detrás de su padre.
—Hace mil años, los Primeros Elementales forjaron un arma capaz de mantener el equilibrio del mundo: la Convergencia. Era una espada cuya hoja contenía los cuatro elementos en perfecta armonía. Pero la Convergencia fue destruida cuando la Sombra Elemental corrompió a su portador. Desde entonces, el mundo se desequilibra poco a poco. Terremotos, sequías, tormentas, incendios. Todo empeora.
—¿Y qué tiene que ver eso con mi hijo? —preguntó el padre de Ignis.
—La Convergencia debe ser forjada de nuevo. Y para ello se necesitan cuatro elegidos, uno por cada elemento, que unan sus poderes en mi fragua. Tu hijo es el elegido del fuego.
Ignis sintió cómo su corazón se aceleraba. No de miedo sino de algo más intenso: propósito. Toda su vida había sentido que su don era una maldición, algo que debía esconder y controlar para no hacer daño. Ahora alguien le decía que no solo no era una maldición, sino que era necesario.
—¿Hay otros como yo? —preguntó.
—Tres más. La elegida del agua ya viaja hacia mi fragua. La de la tierra la encontré hace una semana. Y el del aire… —el Maestro Forja frunció el ceño— el del aire es complicado.
—¿Complicado cómo?
—No quiere venir.
Ignis miró a su padre. Vio en sus ojos el miedo de un hombre que sabe que no puede proteger a su hijo de su destino, pero también el orgullo de un herrero que entiende lo que significa forjar algo más grande que uno mismo.
—Ve —dijo su padre con voz ronca—. Pero vuelve.
—Volveré.
No sabía si era verdad. Pero lo dijo con la certeza del fuego: absoluta e inmediata, sin espacio para la duda.
El viaje hasta la Fragua del Maestro duró tres días. Caminaron por valles que Ignis no sabía que existían, cruzaron ríos cuyas aguas cantaban con voces humanas y atravesaron bosques donde los árboles se apartaban al paso del Maestro Forja como siervos ante un rey.
Durante el camino, el Maestro le enseñó lo básico: el fuego no era destrucción. Era transformación. Cada llama que Ignis producía no quemaba: cambiaba la naturaleza de aquello que tocaba. La madera se convertía en ceniza, que alimentaba la tierra. El metal se fundía, para ser moldeado en algo nuevo. El agua se evaporaba, para subir al cielo y volver como lluvia.
—Tu problema —le dijo el Maestro Forja la segunda noche, mientras ambos descansaban junto a una hoguera que Ignis había encendido con un chasquido de dedos— es que usas el fuego como un arma. Como algo que lanzas contra el mundo cuando el mundo te enfada.
—Es que el mundo me enfada bastante a menudo —admitió Ignis.
—El fuego refleja al portador. Un portador furioso produce llamas destructivas. Un portador sereno produce calor que da vida. ¿Quieres controlar tu fuego? Contrólate a ti mismo.
—Eso suena a lo que dice mi padre.
—Tu padre es un hombre sabio. Los herreros lo son. Pasamos la vida poniendo cosas al fuego para hacerlas más fuertes.
Al tercer día llegaron. La Fragua del Maestro era una montaña hueca. Desde fuera parecía un volcán apagado, con laderas de roca negra y un cráter que echaba vapor. Pero por dentro era una catedral del metal y la piedra: una caverna inmensa iluminada por ríos de magma que fluían por canales tallados en la roca, con un yunque del tamaño de un carro en el centro y herramientas que colgaban de las paredes como reliquias en un templo.
Y allí, esperando, estaban las otras dos elegidas.
La primera era una chica de su edad, con el pelo del color del mar profundo y ojos que cambiaban entre verde y azul según la luz. Estaba sentada junto a uno de los canales de magma, pasando los dedos por el aire como si acariciara algo invisible. A su alrededor, el vapor se condensaba en gotitas que flotaban como luciérnagas líquidas.
—Soy Aqua —dijo, con una voz que fluía como un arroyo—. Elegida del agua. Y esas gotitas que estás mirando no son para impresionar. Estoy intentando no derretirme de calor en esta sauna volcánica.
Ignis sonrió a su pesar. La segunda elegida era diferente: una chica robusta, de piel morena y manos grandes, que estaba sentada no junto al canal de magma sino directamente sobre el suelo de roca, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. La roca bajo ella tenía un aspecto diferente al resto: más lisa, más organizada, como si se hubiera reorganizado para formar un asiento perfecto.
—Terra —dijo sin abrir los ojos—. Tierra. Y por favor no hagas fuego cerca de mí. La roca no se lleva bien con las llamas descontroladas.
—Mis llamas no son descontroladas —protestó Ignis.
—El Maestro Forja nos ha contado que incendiaste el taller de tu padre tres veces el mes pasado —dijo Aqua.
—Fueron dos. La tercera fue un accidente menor.
Aqua y Terra intercambiaron una mirada que decía claramente: «Vamos a tener problemas con este».
El Maestro Forja los reunió en torno al gran yunque.
—Sois tres de cuatro. El elegido del aire, Aura, aún no ha aceptado la llamada. Pero no podemos esperar indefinidamente. El desequilibrio del mundo se acelera. Comenzaremos el entrenamiento con los tres y confiaremos en que Aura se una antes de la forja.
—¿Y si no se une? —preguntó Terra, práctica como siempre.
—Entonces la Convergencia será imposible. Se necesitan los cuatro elementos. Sin uno, los otros tres son incompletos.
Ignis sintió la responsabilidad de esas palabras como un peso sobre los hombros. No solo su fuego era necesario: era insuficiente por sí solo. Necesitaba a los demás. Y los demás lo necesitaban a él.
Era una sensación nueva para alguien acostumbrado a hacer las cosas solo.
—¿Cuándo empezamos? —preguntó.
El Maestro Forja golpeó el yunque con su puño. El sonido resonó por toda la montaña como un trueno subterráneo.
—Ya hemos empezado.
Por favor espere mientras se genera el contenido...
Por favor espere mientras se generan los temas...
Por favor espere mientras se genera el contenido...
Por favor, espere mientras se genera la imagen de prueba...
Por favor, espere mientras se genera la imagen de Instagram...
Esta herramienta analiza a los usuarios existentes para identificar posibles bots basándose en diversos patrones y comportamientos.
Advertencia: Este análisis se basa en patrones y puede generar falsos positivos. Revise siempre los resultados cuidadosamente antes de actuar.