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El lunes amaneció con lluvia sobre Barcelona, una de esas lluvias finas que no justifican un paraguas pero que te empapan de todas formas. Alma Reyes caminaba hacia el instituto con los auriculares puestos y la mochila colgando de un solo hombro, repasando mentalmente la presentación de Filosofía que tenía a segunda hora. Llevaba tres semanas preparándola y todavía no estaba satisfecha.
Alma tenía dieciséis años, pelo oscuro recogido en una trenza que le llegaba a media espalda y una mirada que sus profesores describían como «intensa» y sus compañeros como «intimidante». No era lo uno ni lo otro. Era, simplemente, una chica que pensaba demasiado y hablaba poco, una combinación que en un instituto podía convertirte en invisible o en sospechosa.
Cuando entró en el vestíbulo, notó que algo no iba bien. Los corrillos eran más ruidosos de lo habitual, los móviles brillaban en todas las manos y la expresión general oscilaba entre la fascinación morbosa y el pánico contenido. Marc Olivella, su compañero de pupitre en Filosofía, le salió al paso con cara de funeral.
-¿Has visto la cuenta? -preguntó Marc sin preámbulo.
-¿Qué cuenta?
-En Instagram. Se llama @transparencia_institut. Ha aparecido esta noche. Tiene… cosas.
Alma sacó el móvil y buscó el perfil. Lo que encontró le heló la sangre. La cuenta tenía ya diecisiete publicaciones, todas con el mismo formato: fondo negro, texto blanco, tipografía limpia. Cada publicación contenía un secreto. Un secreto real de alguien del instituto.
«Julia Ferrer copia los exámenes de Matemáticas usando un pinganillo conectado a su hermana mayor.»
«Pol Estrada vendió los exámenes de Selectividad del año pasado a tres alumnos de segundo de Bachillerato.»
«La profesora Vidal tiene una relación con el padre de una alumna de su clase.»
Alma fue leyendo las publicaciones con una sensación creciente de vértigo. No eran rumores vagos ni acusaciones genéricas. Eran afirmaciones concretas, con nombres y apellidos, detalles específicos que solo alguien con información privilegiada podría conocer. Algunas incluían capturas de pantalla de conversaciones privadas. Otras mencionaban fechas y lugares que daban a las acusaciones un peso de plomo.
La cuenta tenía ya más de ochocientos seguidores. En un instituto de seiscientos alumnos, eso significaba que prácticamente todo el mundo la había visto.
-Es una locura -dijo Marc, que se había quedado a su lado leyendo por encima de su hombro-. Todo el mundo está flipando.
-¿Quién la ha creado?
-Nadie lo sabe. Es anónima. No tiene foto de perfil, no sigue a nadie, los comentarios están desactivados.
Alma miró a su alrededor. En cada rincón del vestíbulo, grupos de alumnos cuchicheaban con las cabezas juntas sobre las pantallas. Algunos reían nerviosamente. Otros tenían los ojos húmedos. Julia Ferrer, la del pinganillo, no había venido a clase. Pol Estrada estaba en un rincón con la cara blanca y las manos temblando.
-Esto es acoso -dijo Alma.
-Es la verdad -respondió una voz detrás de ella. Se giró y encontró a Laia Costa, compañera de clase y una de esas personas que siempre parecen saber más de lo que dicen. Laia tenía el pelo corto teñido de azul, piercings en ambas orejas y una sonrisa que podía ser encantadora o cruel dependiendo del ángulo-. Lo del pinganillo de Julia es verdad. Lo de Pol también. Todo el mundo lo sabía pero nadie decía nada.
-Que sea verdad no significa que esté bien publicarlo así -replicó Alma.
-¿Y cuál es la alternativa? ¿Seguir callando? ¿Que Pol siga vendiendo exámenes? ¿Que Julia siga copiando mientras otros estudian?
-La alternativa es denunciarlo a los profesores, no exponerlo en redes sociales.
Laia se rio con un sonido corto y seco.
-Los profesores. Claro. Los mismos profesores que saben lo de la profesora Vidal y miran hacia otro lado. Las instituciones no funcionan, Alma. A veces hace falta transparencia de verdad.
Alma no respondió. Algo en el tono de Laia le incomodaba, pero no sabía exactamente qué. Se despidió con un gesto y subió las escaleras hacia el aula de Filosofía con el estómago revuelto.
La presentación fue un desastre. No por falta de preparación, sino porque nadie prestaba atención. Los alumnos tenían los móviles bajo las mesas, deslizando pantallas, susurrando. El profesor Durán, un hombre de sesenta años con barba blanca y paciencia infinita, intentó reconducir la clase sin éxito.
-Guardad los teléfonos -pidió por cuarta vez-. Sea lo que sea que esté pasando en vuestras pantallas, puede esperar.
No podía esperar. A mediodía, la cuenta había subido a mil doscientos seguidores y tres publicaciones más. Una de ellas mencionaba a un alumno de cuarto de ESO que presuntamente robaba en tiendas del centro comercial. Otra acusaba a una alumna de primero de Bachillerato de haber filtrado fotos íntimas de una expareja. La tercera era sobre el director del instituto, acusándolo de favoritismo en la asignación de becas.
El instituto era un polvorín. El director, señor Pujol, convocó una reunión de emergencia con el claustro de profesores. Los alumnos mencionados en las publicaciones empezaron a ausentarse de clase. Los pasillos se llenaron de acusaciones cruzadas: «¿Quién es?», «¿Tú sabes algo?», «Seguro que es Fulano».
Alma observaba todo desde su habitual posición de espectadora. No era popular ni impopular, no pertenecía a ningún grupo definido. Tenía a Marc como compañero de pupitre, a Lucía Vega como amiga desde la infancia y poco más. Su mundo social era pequeño y, hasta ese momento, seguro.
A las tres de la tarde, mientras esperaba el autobús bajo la marquesina, su móvil vibró. Era una notificación de Instagram. La cuenta @transparencia_institut había subido una nueva publicación.
Alma la abrió con los dedos fríos por la lluvia. Leyó las palabras una vez, dos veces, tres veces. El mundo se inclinó como un barco en una tormenta.
«Alma Reyes vive una doble vida. Ante sus compañeros finge ser la alumna perfecta, pero en realidad esconde un secreto que destruiría su reputación y la de su familia. Próximamente: la verdad sobre Alma.»
No había detalles. No había acusaciones concretas. Solo una promesa vaga y amenazante. Y eso era peor que cualquier acusación directa, porque dejaba que la imaginación de seiscientos alumnos rellenara los huecos.
Alma miró la pantalla con el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en las sienes. No sabía qué secreto podían conocer. No sabía si era un farol o si alguien realmente sabía algo. Pero sabía, con una certeza helada, que su vida acababa de cambiar.
El autobús llegó. Alma subió como una autómata, se sentó junto a la ventana y miró la ciudad pasar a través del cristal empañado. Barcelona seguía su ritmo, indiferente. Pero dentro de Alma, algo se había roto. Una grieta fina, casi imperceptible, como las que aparecen en un cristal antes de que estalle.
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