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La librería de abuelo Martín era el edificio más viejo de la calle Rosales. Tenía una fachada de piedra gris con una puerta de madera que crujía al abrirse y un escaparate tan lleno de libros que apenas dejaba pasar la luz. El letrero decía «Librería Martín, desde 1952» en letras doradas que se habían ido descascarillando con los años.
Hugo iba allí todos los jueves después del colegio. Su madre lo dejaba a las cinco y lo recogía a las ocho, y durante esas tres horas Hugo vivía en el paraíso. Porque la librería del abuelo Martín no era una librería cualquiera. Era un laberinto de estanterías que llegaban hasta el techo, con escaleras de madera con ruedas para alcanzar los libros más altos, rincones con butacas desgastadas donde te podías perder leyendo y un olor a papel viejo y a café con canela que Hugo asociaba con la felicidad.
—¿Qué vamos a leer hoy, capitán? —le preguntó su abuelo cuando llegó aquel jueves.
El abuelo Martín tenía setenta y tres años, el pelo blanco como la nieve, unas gafas redondas que siempre se le resbalaban por la nariz y una sonrisa que hacía que cualquiera se sintiera bienvenido.
—No sé. ¿Tienes algo nuevo?
—Aquí todos los libros son nuevos, Hugo. Cada vez que abres uno es como si lo leyeras por primera vez, porque tú eres diferente cada día que pasa.
Hugo sonrió. Su abuelo siempre decía cosas así, frases que parecían sencillas pero que te hacían pensar durante horas.
Aquella tarde, mientras Hugo leía una novela de piratas en su butaca favorita, la del rincón junto a la ventana, su abuelo recibió una visita. Un hombre trajeado con maletín entró en la librería mirando a su alrededor con una mezcla de disgusto y cálculo. Hugo lo observó por encima de su libro.
—Señor Martín, vengo de parte de la constructora Edificar S.A. —dijo el hombre con una voz tan suave que resultaba inquietante—. Como le informamos por carta, estamos interesados en adquirir este local para nuestro proyecto de centro comercial. Le ofrecemos una cantidad muy generosa.
—Y como le respondí por carta, señor Sombra, mi librería no está en venta —dijo el abuelo con tranquilidad.
—Todo tiene un precio, señor Martín.
—Los libros sí. Las historias, no.
El señor Sombra apretó los labios en una línea fina y se fue sin despedirse, dejando tras de sí un olor a colonia cara y ambición.
—Abuelo, ¿van a cerrar la librería? —preguntó Hugo preocupado.
—Solo si yo lo permito, capitán. Y no pienso permitirlo. Esta librería lleva aquí setenta años guardando historias y seguirá aquí setenta más.
Pero Hugo vio algo en los ojos de su abuelo que no le gustó: una sombra de preocupación que el viejo librero intentó disimular con una sonrisa.
Aquella noche, Hugo no podía dormir. Daba vueltas en la cama pensando en la librería y en el señor Sombra. A las once de la noche, cuando sus padres ya dormían, oyó algo por la ventana abierta. Vivía a solo dos calles de la librería y el viento traía un sonido extraño: un murmullo, como cientos de voces diminutas hablando a la vez.
Se levantó, se asomó y miró hacia la calle Rosales. La librería de su abuelo brillaba con una luz tenue que salía por las rendijas de la puerta y las esquinas del escaparate. Una luz que cambiaba de color: dorada, azul, verde, roja.
Hugo se vistió a toda prisa, se puso las zapatillas de deporte y salió por la puerta de atrás con el corazón latiéndole como un tambor. Corrió las dos calles hasta la librería y se detuvo frente a la puerta. El murmullo era más fuerte aquí. Y ahora podía distinguir que no era un murmullo cualquiera: eran voces que contaban historias.
Sacó la llave de repuesto que su abuelo le había dado hacía años, la que llevaba siempre en un cordel al cuello, y abrió la puerta.
Lo que vio dentro lo dejó clavado en el umbral con la boca abierta.
Los libros estaban abiertos. Todos ellos. Cientos de libros en las estanterías habían abierto sus tapas como si fueran alas de mariposa, y de sus páginas salían luces de colores y susurros que llenaban el aire. Cada libro contaba su historia en voz baja, y las historias se entrelazaban en el aire como hilos de seda luminosa, creando formas y figuras que flotaban entre las estanterías.
Hugo vio un barco pirata navegando entre la sección de aventuras, un dragón diminuto sobrevolando la de fantasía y una bailarina de luz danzando sobre los libros de poesía.
—No puede ser —susurró Hugo.
—Pues lo es —dijo una voz a sus pies.
Hugo miró hacia abajo y descubrió un libro pequeño, de tapas verdes desgastadas, que se había caído de una estantería y lo miraba con dos ojos diminutos que brillaban en la portada.
—Me llamo Lira —dijo el librito—. Y llevo esperándote mucho tiempo, Hugo.
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