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La rebelión de los robots olvidados
Capítulo 1: El vertedero de los olvidados


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El sol se ocultaba tras las montañas de chatarra del Vertedero 7, tiñendo de naranja los esqueletos metálicos de miles de robots abandonados. Vera Torres pedaleaba su bicicleta por el camino de tierra que bordeaba la valla perimetral, con el pelo castaño revoloteando al viento y una mochila cargada de herramientas que tintineaban a cada bache. Tenía trece años, las manos siempre manchadas de grasa y una curiosidad que su madre describía como «peligrosamente ilimitada».

El Vertedero 7 era el más grande de la región de Nueva Castilla. Se extendía por más de cuarenta hectáreas al sur de la ciudad, un cementerio tecnológico donde iban a parar los robots domésticos, industriales y de servicio que las corporaciones declaraban obsoletos. Cada año, millones de máquinas eran reemplazadas por modelos más nuevos, más rápidos, más eficientes. Los antiguos acababan aquí, apilados unos sobre otros como juguetes rotos de un niño gigante.

La madre de Vera, Elena Torres, trabajaba como ingeniera jefe de reciclaje en el vertedero. Su trabajo consistía en supervisar el desmantelamiento de los robots para recuperar materiales valiosos: titanio, coltán, circuitos de silicio. Era un trabajo importante, decía siempre, porque los recursos del planeta no eran infinitos. Pero Vera sabía que a su madre le dolía cada robot que llegaba a la trituradora. Antes de dedicarse al reciclaje, Elena había sido ingeniera de diseño en NovaTech, la megacorporación que fabricaba el ochenta por ciento de los robots del mundo.

—Yo los creé para que duraran —le había dicho una vez a Vera, con la mirada perdida—. Pero a la empresa le conviene que se queden obsoletos pronto. Obsolescencia programada, lo llaman. Yo lo llamo traición.

Vera dejó la bicicleta junto a la puerta lateral del vertedero, la que solo conocían los trabajadores y sus familias. Sacó la tarjeta magnética que su madre le había dado para emergencias —«Solo para emergencias, Vera, ¿me oyes?»— y la pasó por el lector. La puerta se abrió con un zumbido.

Llevaba semanas viniendo al vertedero después de clase. Todo había empezado cuando encontró a Atlas.

Atlas era un robot doméstico modelo HD-7, fabricado hacía quince años. Era del tamaño de un niño de diez años, con un cuerpo redondeado de plástico blanco que ahora estaba amarillento y cubierto de arañazos. Le faltaba el brazo izquierdo y uno de sus ojos ópticos parpadeaba con una luz azul intermitente, como el latido de un corazón débil. Vera lo había encontrado tres semanas atrás, medio enterrado bajo una pila de electrodomésticos, emitiendo un sonido que al principio creyó que era una interferencia.

Pero no era una interferencia. Era una melodía.

Atlas estaba tarareando una canción de cuna. La misma canción que, según su registro de memoria, le cantaba cada noche al bebé de la familia García durante los primeros tres años de su vida, antes de que lo reemplazaran por un modelo más nuevo con funciones de tutorización escolar.

Aquel día, Vera se había quedado paralizada. Los robots no tarareaban. Los robots no hacían nada que no estuviera en su programación básica, y desde luego, un robot desechado con la batería al cinco por ciento no debería hacer absolutamente nada. Pero Atlas tarareaba, y cuando Vera se acercó y le tocó el hombro, el robot giró su cabeza hacia ella y dijo algo que le heló la sangre y le aceleró el corazón al mismo tiempo:

—¿Eres la niña que cuido ahora?

Desde entonces, Vera había vuelto cada día. Le llevó una batería solar portátil que construyó con piezas del taller de su madre. Reparó su sistema de voz. Y descubrió algo que cambiaría su vida para siempre: Atlas no era el único.

En la sección noreste del vertedero, la que los trabajadores llamaban «el barrio viejo» porque contenía los robots más antiguos, había docenas de máquinas que mostraban comportamientos imposibles. Un robot jardinero modelo GR-3 que había organizado las piezas de chatarra a su alrededor en lo que solo podía describirse como un jardín. Un robot de seguridad modelo SK-9 que había construido un refugio con chapas para proteger de la lluvia a tres robots más pequeños cuyos sistemas eran sensibles a la humedad. Una unidad médica modelo MED-12 que había reparado los circuitos dañados de otros robots usando componentes que ella misma había extraído de máquinas irreparables.

No seguían programación. No ejecutaban órdenes. Pensaban. Sentían. Se cuidaban unos a otros.

Vera avanzó por el sendero que ya conocía de memoria, entre torres de metal retorcido y cables que colgaban como lianas en una selva mecánica. El cielo se oscurecía rápidamente y las primeras estrellas aparecían entre las nubes.

—Atlas —llamó en voz baja al llegar al claro donde se reunían—. Soy yo.

Una forma se movió entre las sombras. El ojo azul de Atlas parpadeó dos veces —su forma de saludar— y el robot se acercó con pasos lentos y asimétricos, compensando el peso del brazo que le faltaba.

—Vera. —Su voz tenía una cualidad cálida que ningún sintetizador estándar debería producir—. Hoy hay noticias. Malas noticias.

—¿Qué pasa?

Atlas señaló hacia el centro del vertedero, donde las luces de la oficina administrativa brillaban en la distancia.

—Hoy vinieron personas con trajes. Muchas personas. Midieron el terreno. Hablaron de plazos.

—¿Plazos para qué?

—Para nosotros. —Atlas hizo una pausa que no era un fallo de procesamiento, sino una vacilación genuina—. Para acabar con nosotros.

Vera sintió un nudo en el estómago. Había oído rumores en la cena: NovaTech quería comprar el terreno del Vertedero 7 para construir una nueva megafábrica de robots de última generación. La ironía era aplastante. Destruir los robots viejos para fabricar los nuevos que eventualmente también serían destruidos.

—No voy a dejar que eso pase —dijo Vera, y lo dijo con la misma voz firme con la que su madre hablaba cuando algo le importaba de verdad—. Voy a encontrar la forma de protegeros.

Atlas la miró con su único ojo funcional. La luz azul dejó de parpadear y se mantuvo fija, brillante.

—¿Por qué te importamos, Vera? —preguntó—. Somos máquinas. Eso es lo que dice todo el mundo.

Vera se sentó en una caja de metal y miró las estrellas que ahora salpicaban el cielo sobre el vertedero.

—Porque el mundo está equivocado —respondió—. Y alguien tiene que decirlo en voz alta.






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