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El despertador sonó a las seis y media de la mañana, pero Martina ya llevaba diez minutos con los ojos abiertos, mirando el techo de su habitación. En la pared opuesta, junto a la ventana, colgaban tres medallas de bronce y una de plata que brillaban con la primera luz del amanecer. Hoy era lunes, día de entrenamiento, y eso significaba que en menos de una hora estaría sintiendo el viento en la cara mientras sus zapatillas golpeaban la pista de tartán del polideportivo municipal.
—¡Martina, el desayuno está listo! —la voz de su madre, Ana, llegó desde la cocina acompañada del aroma inconfundible de tostadas con aceite de oliva.
Martina saltó de la cama de un brinco. Tenía diez años, el pelo castaño siempre recogido en una coleta alta que se balanceaba como un péndulo cuando corría, y unos ojos marrones grandes y brillantes que parecían encenderse cada vez que alguien mencionaba la palabra «atletismo». Era delgada, de piernas largas para su edad, y tenía una sonrisa que contagiaba energía a todo el que la rodeaba. Sus compañeros de clase decían que Martina no caminaba, sino que siempre iba medio corriendo, como si el mundo fuera una pista gigante.
Bajó las escaleras de dos en dos y se sentó a la mesa de la cocina, donde su madre ya tenía preparado un vaso de zumo de naranja natural, dos tostadas y un plátano.
—Come bien, que hoy tienes entrenamiento fuerte —dijo Ana, una mujer de cuarenta años con el mismo pelo castaño que su hija, aunque algo más corto, y unas ojeras perpetuas de quien trabaja demasiado y duerme poco. Ana era enfermera en el hospital comarcal, y aunque sus turnos la dejaban agotada, jamás se perdía una competición de Martina. Siempre estaba allí, en las gradas, aplaudiendo con las dos manos y gritando su nombre hasta quedarse ronca.
—Mamá, ¿sabes que el campeonato regional es dentro de seis semanas? —dijo Martina mientras untaba aceite en la tostada—. La entrenadora Elena dice que si sigo mejorando mis tiempos, tengo posibilidades reales de ganar los ochocientos metros.
Ana sonrió, pero Martina notó algo en sus ojos, una sombra de preocupación que desapareció tan rápido como había llegado.
—Lo que importa es que disfrutes, cariño. Ganar está muy bien, pero no es lo único.
Martina puso los ojos en blanco con cariño. Su madre siempre decía lo mismo, y ella siempre pensaba lo mismo: «Claro que importa ganar. Para eso entreno».
Veinte minutos después, Martina cruzaba la puerta del polideportivo con su mochila al hombro. La pista de atletismo estaba húmeda por el rocío de la mañana, y el aire olía a hierba recién cortada. Ya había alguien allí: una figura en silla de ruedas que lanzaba un balón de baloncesto al aro con una precisión asombrosa.
—¡Eh, Diego! —gritó Martina agitando la mano.
Diego giró la silla con un movimiento rápido y le dedicó una sonrisa enorme. Tenía once años, la piel morena, el pelo negro y rizado, y unos brazos sorprendentemente fuertes para su edad. Había nacido con una lesión medular que le impedía caminar, pero eso no le había frenado ni un segundo. Jugaba al baloncesto en silla de ruedas en el equipo regional, nadaba como un pez y tenía un sentido del humor capaz de arrancar carcajadas hasta en los peores días.
—¡Llegas tarde, velocista! —bromeó Diego, haciendo girar el balón sobre su dedo índice—. Llevo aquí desde las siete.
—Tú estás loco —rio Martina acercándose a él—. ¿No tienes entrenamiento con tu equipo esta tarde?
—Sí, pero me gusta calentar por la mañana. Además, así te veo sufrir con los ejercicios de Elena. Es muy divertido.
Martina le dio un empujón amistoso en el hombro. Diego y ella eran amigos desde los seis años, cuando coincidieron en un campamento de verano deportivo. Desde entonces, eran inseparables. Diego era la persona que mejor la entendía, porque él también sentía esa pasión devoradora por el deporte, esa necesidad de superarse cada día.
—¡Formad! —una voz firme y clara cortó el aire de la mañana.
La entrenadora Elena apareció por la puerta del vestuario. Era una mujer alta y delgada, de unos cincuenta años, con el pelo gris recogido en un moño apretado y unos ojos azules que parecían capaces de ver a través de las excusas. Siempre vestía un chándal azul marino impecable y llevaba un cronómetro colgado al cuello como si fuera un collar de diamantes. Elena había sido atleta profesional en su juventud, había competido en campeonatos nacionales, y ahora dedicaba su vida a entrenar a los jóvenes del club. Era exigente, a veces dura, pero todos sus atletas sabían que detrás de esa fachada seria había una mujer que se desvivía por ellos.
—Hoy vamos a trabajar la resistencia —anunció Elena consultando su cuaderno—. Quiero cuatro series de cuatrocientos metros con descanso de dos minutos entre serie y serie. Martina, tú vas a marcar un ritmo de un minuto treinta por vuelta. Ni más rápido, ni más lento.
Martina asintió con determinación. Le encantaban los días de resistencia porque podía sentir cómo su cuerpo se adaptaba, cómo cada semana aguantaba un poco más, iba un poco más rápido. Era como un superpoder que se iba construyendo poco a poco.
Durante la siguiente hora, Martina corrió como si sus pies apenas tocaran el suelo. Elena la cronometraba desde la banda, anotando tiempos y gritando instrucciones. Diego, desde su silla junto a la pista, la animaba cada vez que pasaba por delante de él.
—¡Vamos, Martina, que las zapatillas echan humo!
Al terminar la última serie, Martina se dobló sobre sus rodillas, jadeando. Tenía las mejillas rojas y el corazón le latía como un tambor, pero sonreía. Elena se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Un minuto veintiocho en la última vuelta. Estás mejorando, Martina. Si sigues así… —Elena se detuvo un momento, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado—. Tienes talento, pero el talento sin trabajo no es nada. No te relajes.
—No me voy a relajar —prometió Martina con la respiración aún agitada—. Quiero ganar ese campeonato, Elena. Lo quiero más que nada en el mundo.
Elena la miró fijamente durante un segundo largo, y luego asintió despacio.
—Entonces, a trabajar. Nos vemos el miércoles.
De camino a casa, Martina y Diego fueron juntos por el carril bici que bordeaba el parque. El sol ya calentaba con fuerza y los pájaros cantaban en los árboles.
—¿De verdad crees que puedes ganar el regional? —preguntó Diego sin rodeos.
—Sí —respondió Martina sin dudar—. He entrenado todo el año para esto. Es mi momento.
Diego la observó un instante con una expresión que Martina no supo interpretar, una mezcla de admiración y algo más, quizá preocupación.
—Oye, ya sabes lo que siempre digo, ¿no? Que lo importante no es…
—…no es ganar, sino competir —completó Martina riendo—. Suenas igual que mi madre.
—Es que tu madre es muy lista —dijo Diego con una sonrisa—. Y yo también, aunque no me hagáis caso.
Martina le lanzó una mirada divertida y aceleró el paso. Diego hizo girar las ruedas de su silla para seguirle el ritmo. Los dos amigos se perdieron por el camino arbolado, riendo y hablando de sus sueños deportivos, sin saber que en apenas unas semanas todo iba a cambiar.
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