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Elena Vergara llevaba treinta y dos años abriendo cráneos con la precisión de un relojero. Sus manos habían salvado cientos de vidas, habían extraído tumores del tamaño de nueces alojados en regiones cerebrales que otros neurocirujanos consideraban inoperables. Pero aquella mañana de octubre, sentada frente al doctor Mendizábal en una consulta idéntica a las que ella misma ocupaba al otro lado de la mesa, sus manos temblaron por primera vez.
—Esclerosis lateral amiotrófica —repitió Mendizábal con esa voz que Elena conocía bien, la voz que los médicos reservan para las sentencias definitivas—. Los estudios de conducción nerviosa no dejan lugar a dudas.
Elena asintió. No lloró. Los neurocirujanos no lloran en las consultas, ni siquiera cuando son ellos los pacientes. Conocía la enfermedad con la intimidad fría de quien ha estudiado cada fibra del sistema nervioso humano. Sabía que sus músculos se atrofiarían progresivamente, que perdería la capacidad de caminar, de tragar, de respirar. Sabía que su mente permanecería intacta mientras su cuerpo se convertía en una cárcel.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó, y la pregunta le sonó absurda, como si estuviera preguntando la hora de cierre de un museo.
—Es difícil establecer un pronóstico exacto. Cada caso es diferente. Pero con la velocidad de progresión que muestran tus estudios… quizá entre dieciocho meses y tres años.
Elena salió del hospital por la puerta de empleados, como siempre. Se cruzó con Amalia, la enfermera del turno de mañana, que le preguntó si se encontraba bien. Elena mintió con la soltura de quien lleva décadas dando malas noticias a familias y sabe que la verdad necesita su momento exacto para ser pronunciada.
Condujo hasta el paseo marítimo de la ciudad. Aparcó frente al mar y permaneció dentro del coche durante cuarenta minutos, observando cómo las olas rompían contra los espigones con una regularidad que ahora le parecía obscena. El mundo seguía funcionando. Las gaviotas seguían gritando. Un hombre paseaba a su perro por la arena mojada.
Marcó el número de Hugo, su hijo mayor. Saltó el buzón de voz. Luego llamó a Marta, la pequeña. Tres tonos.
—¿Mamá? Estoy en una reunión, ¿es urgente?
—No —dijo Elena—. Llámame cuando puedas.
Colgó y se quedó mirando el teléfono. Tenía cincuenta y ocho años. Había operado cerebros durante más de tres décadas. Había criado a dos hijos prácticamente sola después de que Ramón se marchara con aquella mujer quince años más joven. Había reconstruido su vida con Javier, un arquitecto tranquilo que la quería sin exigirle nada. Había cuidado a su madre Consuelo, que a sus ochenta y cuatro años seguía viviendo sola en el piso de siempre, negándose a aceptar que el mundo hubiera cambiado desde 1975.
Y ahora su cuerpo la traicionaba. Precisamente su cuerpo, la herramienta que había afinado durante toda su vida profesional.
Esa noche, mientras Javier preparaba la cena tarareando una canción que Elena no reconoció, ella se encerró en su despacho y abrió el ordenador. No buscó tratamientos experimentales ni ensayos clínicos. Buscó la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia. La leyó entera, despacio, como quien lee un contrato antes de firmarlo.
Artículo 3: Prestación de ayuda para morir. La administración directa al paciente de una sustancia por parte del profesional sanitario competente.
Elena cerró el ordenador. Se sirvió una copa de vino y la sostuvo frente a la ventana. La ciudad brillaba abajo con miles de luces diminutas, cada una de ellas una vida en curso, un cuerpo que funcionaba sin que su dueño le prestara atención.
Tomó una decisión. No aquella noche, porque las decisiones importantes no se toman de noche. Pero supo que la tomaría. Supo que no iba a permitir que la enfermedad le arrebatara lo único que le quedaba: la capacidad de elegir.
Dos semanas después, con los resultados de una segunda opinión que confirmaban el diagnóstico, Elena Vergara llamó a sus hijos, a su madre, a su exmarido y a Javier. Los citó a todos en su casa el sábado siguiente.
—Tengo que contaros algo —les dijo a cada uno por separado, con la misma frase exacta, como si estuviera leyendo un guion—. Es importante que vengáis todos.
No les dijo qué. No les dijo por qué. Pero algo en su voz debió de alertarlos, porque todos dijeron que sí. Incluso Ramón, que llevaba años evitando cualquier encuentro que implicara estar en la misma habitación que Javier.
Elena colgó el teléfono después de la última llamada y se miró las manos. Todavía no temblaban demasiado. Todavía podía abrochar un botón, sostener un bisturí, acariciar un rostro. Pero sabía que eso cambiaría. Y sabía que cuando cambiara, ella ya habría tomado todas las decisiones necesarias.
Fuera, el mar seguía rompiendo contra los espigones. Las gaviotas seguían gritando. El mundo seguía siendo brutalmente indiferente.
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