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En el número 7 de la calle Saville, en Londres, vivía un caballero muy especial llamado Phileas Fogg. Nadie sabía exactamente de dónde venía ni de dónde sacaba su dinero, pero todo el mundo decía que era el hombre más puntual del mundo. Phileas Fogg salía de casa cada día a las once y media en punto, daba exactamente quinientos setenta y seis pasos hasta el Reform Club, comía allí, leía los periódicos y, por la noche, regresaba a su casa a las doce menos cuarto sin un minuto de retraso.
Su vida era tan ordenada como un reloj. Tenía un sirviente al que acababa de despedir esa misma mañana porque le había llevado el agua de afeitar a ochenta y cuatro grados, en lugar de a ochenta y seis. Justo en ese momento, llamó a la puerta un joven francés, alegre y de cara redonda, que buscaba trabajo.
—Me llamo Juan, pero todos me dicen Picaporte —explicó el joven con una sonrisa—. He sido cantante, acróbata, profesor de gimnasia y hasta bombero. Ahora busco un sitio tranquilo donde descansar.
Phileas Fogg lo miró un instante, le hizo dos o tres preguntas y, sin más, le dijo:
—Queda contratado. Empieza ahora mismo.
Luego cogió su sombrero, su paraguas y se marchó al club, dejando a Picaporte boquiabierto. El francés recorrió la casa con asombro. Todo estaba colocado con orden milimétrico: los cepillos, los jabones, los pañuelos, incluso las zapatillas. En la pared había un horario detallado de cada minuto del día.
—¡Esto es el paraíso! —pensó Picaporte—. Aquí no pasará nunca nada raro. Tendré una vida tranquila para siempre.
Mientras tanto, en el Reform Club, Phileas Fogg jugaba una partida de whist con sus amigos: el ingeniero Stuart, el banquero Fallentin y otros caballeros. Hablaban de un robo escandaloso ocurrido en el Banco de Inglaterra. Habían desaparecido cincuenta y cinco mil libras y la policía buscaba al ladrón por todas partes.
—Será difícil atraparlo —dijo Stuart—. El mundo es enorme.
—Antes era enorme —respondió Phileas Fogg sin levantar la vista de las cartas—. Ahora se ha vuelto pequeño. Hoy en día se puede dar la vuelta al mundo diez veces más rápido que hace un siglo.
—¿Cuánto, exactamente?
—En ochenta días —dijo Fogg con la calma de quien dice que va a llover.
Los demás soltaron una carcajada. ¡Ochenta días! ¡Imposible! Había tormentas, mares bravos, retrasos de trenes, accidentes y mil sorpresas que podían desbaratar cualquier plan.
—Pues yo apuesto cuatro mil libras a que no es posible —dijo Stuart, picado.
—Acepto —respondió Fogg con tranquilidad—. Apuesto veinte mil libras a que daré la vuelta al mundo en ochenta días o menos. Saldré esta misma tarde, en el tren de las ocho cuarenta y cinco, y estaré de vuelta aquí, en el Reform Club, el sábado 21 de diciembre a las ocho cuarenta y cinco de la noche. Si llego un minuto tarde, perderé.
Los amigos se miraron entre sí. ¿Hablaba en serio? Phileas Fogg nunca bromeaba. Veinte mil libras eran una fortuna, casi todo lo que tenía. Sin embargo, la apuesta quedó cerrada. Fogg dejó las cartas sobre la mesa, se puso el abrigo y volvió a casa.
—Picaporte —dijo nada más entrar—, salimos esta noche para dar la vuelta al mundo.
El francés pensó que se trataba de una broma. Pero al ver a su amo guardando un par de camisas, calcetines, dos pares de zapatos y un manojo de billetes en una pequeña bolsa de viaje, comprendió que era verdad.
—¿La vuelta al mundo, señor?
—Sí. En ochenta días. No tenemos tiempo que perder.
Picaporte palideció. Sus sueños de tranquilidad se desvanecieron como humo. Pero recogió sus cosas, cogió la bolsa de su amo y, una hora más tarde, los dos subían al tren con destino a París. Mientras la locomotora pitaba, Picaporte se acordó, de pronto, de algo terrible: ¡había dejado el gas encendido en su habitación! Iba a costarle dos chelines al día durante ochenta días enteros.
—¡Ay, mi gas! —se lamentó.
Pero ya era demasiado tarde. El tren empezaba a moverse, las luces de Londres se quedaban atrás y comenzaba el viaje más loco y más maravilloso del mundo.
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