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Las estrellas que nadie contaba
Capítulo 1: El cielo que se apagaba


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Sara llevaba toda la vida contando estrellas. No era una expresión poética ni una exageración: literalmente las contaba, una por una, noche tras noche, tumbada en la azotea de su casa en Arcos de las Salinas, un pueblo de doscientos habitantes encajado entre montañas en la sierra de Javalambre, provincia de Teruel. Su abuelo Ramón, que había sido astrónomo aficionado durante cincuenta años, le había enseñado a identificar constelaciones antes de que aprendiera a leer, y ahora, a sus once años, Sara podía distinguir a simple vista la diferencia entre una estrella y un planeta, calcular la magnitud aparente de un astro y localizar la nebulosa de Orión sin necesidad de telescopio.

Arcos de las Salinas tenía algo que la mayoría de los pueblos de España habían perdido hacía tiempo: oscuridad. Una oscuridad pura, total, sin contaminación lumínica, que convertía el cielo nocturno en un espectáculo de una belleza que quitaba el aliento. Por eso el Observatorio Astrofísico de Javalambre se había construido allí, en la montaña cercana, y por eso astrónomos de todo el mundo viajaban hasta aquel rincón olvidado de Teruel para observar el universo.

Pero aquella noche de septiembre, cuando Sara subió a la azotea con su cuaderno de observación y su linterna roja —roja para no arruinar la adaptación de los ojos a la oscuridad—, algo estaba mal.

El cielo no era el mismo.

No es que hubiera nubes, porque la noche estaba despejada. Ni que la luna estuviera llena, porque faltaban diez días para el plenilunio. El problema era una luz. Una luz nueva, artificial, que brillaba con un pulso constante desde la cresta de la montaña al norte del pueblo, proyectando un resplandor anaranjado que lavaba las estrellas más tenues como si alguien hubiera pasado una esponja sucia por el cristal del cielo.

—La antena —murmuró Sara.

La antena de telecomunicaciones. La habían instalado hacía dos semanas, después de años de promesas del gobierno autonómico sobre llevar internet de alta velocidad a los pueblos despoblados de Teruel. La gente del pueblo la había recibido con alivio: por fin tendrían cobertura decente, por fin podrían hacer videollamadas sin que se cortaran, por fin los jóvenes tendrían una razón menos para marcharse.

Pero nadie había mencionado que la antena vendría con un sistema de balizamiento luminoso que funcionaba toda la noche, emitiendo destellos que, según la normativa de aviación, eran obligatorios para estructuras de más de treinta metros de altura. Y nadie había calculado el impacto que esos destellos tendrían sobre la calidad del cielo nocturno en un pueblo cuyo principal atractivo era, precisamente, la ausencia de luz artificial.

Sara bajó de la azotea con el cuaderno en blanco —primera noche en meses sin una sola anotación— y llamó a Nico.

Nico tenía doce años, el pelo rubio cortado al cero porque odiaba peinarse, y una pasión por la tecnología que lo convertía en una especie de genio informático de pueblo. Había aprendido a programar a los nueve años con tutoriales de YouTube y ahora gestionaba la página web del ayuntamiento, el sistema de reservas del albergue rural y la red wifi de la biblioteca. Para Nico, la nueva antena era una bendición: significaba velocidad, conexión, posibilidades.

—Nico, la antena está arruinando el cielo —dijo Sara sin preámbulos.

—Buenos noches a ti también —respondió él con sorna—. ¿De qué hablas?

—Las luces de balizamiento. Son tan potentes que desde mi azotea he perdido al menos dos magnitudes de visibilidad. La Vía Láctea apenas se ve.

Nico guardó silencio un momento.

—Sara, esa antena da internet a todo el pueblo. ¿Sabes cuántas familias dependen de ella para trabajar, para que sus hijos estudien?

—Lo sé. No digo que la quiten. Digo que las luces son un problema y que debe haber una solución.

—Habla con mi padre. Él trabaja en la empresa que la instaló.

Eso complicaba las cosas. El padre de Nico, don Alberto, era el técnico jefe de la empresa de telecomunicaciones que había ganado el contrato de la antena. Para la familia de Nico, aquel proyecto significaba trabajo, estabilidad, un motivo para seguir viviendo en un pueblo que se vaciaba año tras año.

Sara colgó y se quedó sentada en su cama, mirando el techo. Tenía la sensación de estar atrapada entre dos cosas que le importaban: el cielo y las personas que vivían bajo él. Las estrellas y la conexión a internet. La tradición y el progreso. ¿Era posible tener ambas cosas, o tendría que elegir?

Al día siguiente, antes de ir al colegio —el instituto de Mora de Rubielos, a cuarenta minutos en autobús—, Sara pasó por casa de su abuelo Ramón. El anciano estaba en el porche, envuelto en una manta a pesar de que hacía sol, con un café en la mano y la mirada perdida en las montañas.

—Abuelo, ¿has visto el cielo esta noche?

Ramón asintió despacio.

—Lo he visto. O más bien, he dejado de verlo.

—¿Qué hacemos?

El abuelo la miró con esos ojos acuosos que habían pasado miles de horas mirando estrellas.

—Lo que siempre hacemos los que miramos al cielo, Sara. Buscamos una solución que no sabíamos que existía hasta que la encontramos.

Sara subió al autobús escolar con una determinación que le pesaba en el pecho como una piedra caliente. No sabía aún cuál era la solución. Pero sabía que no se quedaría de brazos cruzados viendo cómo el cielo de su pueblo se apagaba estrella a estrella.






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