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Líneas paralelas
Al otro lado de las vías


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El pueblo de Valleseco tenía una línea invisible que lo partía en dos. No estaba dibujada en ningún mapa, pero todo el mundo la conocía. Esa línea eran las vías del tren.

Al norte de las vías estaba la urbanización Los Álamos: casas con jardín, piscinas comunitarias, coches aparcados en garajes dobles y un centro comercial con cafetería donde los padres tomaban café con leche de avena mientras los niños jugaban en un parque con suelo de goma. Al sur de las vías estaba el barrio de Las Cruces: bloques de pisos de cuatro alturas con la pintura descascarillada, tendederos en los balcones, una plaza con bancos de madera gastada y un mercadillo los sábados donde se vendía fruta, ropa usada y cacharros de cocina.

Irene vivía al norte. Tenía once años, el pelo liso y rubio, una habitación propia con escritorio, estantería ordenada por colores y un armario que su madre llenaba cada temporada con ropa nueva. Iba al colegio concertado Santa Clara, sacaba buenas notas y tocaba el violín desde los seis años. Su vida era ordenada, predecible y cómoda, como una melodía que ya conoces de memoria.

Salma vivía al sur. Tenía once años, el pelo negro rizado que se recogía con una cinta elástica que cambiaba de color según el día, y compartía habitación con sus dos hermanas pequeñas, Amira y Fátima. Su padre trabajaba en la fábrica de conservas y su madre limpiaba casas por horas, incluidas algunas casas de Los Álamos, aunque Salma no sabía cuáles y tampoco quería saberlo. Iba al colegio público Cervantes, sacaba buenas notas cuando le daba la gana, que era casi siempre, y tenía un talento natural para contar historias que hacían reír a toda la clase.

Irene y Salma nunca se habían cruzado. Vivían a seiscientos metros de distancia, pero podrían haber vivido en planetas diferentes. Hasta que el ayuntamiento de Valleseco, en un arranque de buena voluntad o de necesidad de rellenar la programación cultural, anunció un taller de teatro gratuito para niños de diez a trece años.

El taller se hacía en la Casa de la Cultura, que estaba justo al lado de las vías del tren, en terreno neutral. La profesora era Daniela, una actriz joven con rastas rubias y pendientes de pluma que había llegado a Valleseco con una beca del Ministerio de Cultura y más entusiasmo que presupuesto.

—El teatro no es solo actuar —les dijo a los doce niños que aparecieron el primer día, sentados en sillas de plástico en un salón que olía a pintura fresca—. El teatro es ponerse en la piel de otra persona. Sentir lo que siente. Pensar lo que piensa. Vivir lo que vive. Es el ejercicio de empatía más poderoso que existe.

Irene se había apuntado porque su madre creía que «quedaría bien en el currículum» y porque estaba aburrida de las tardes de violín. Salma se había apuntado porque le gustaba inventar historias y porque el taller era gratis y la alternativa era quedarse en casa cuidando de sus hermanas.

Se sentaron lo más lejos posible la una de la otra sin ni siquiera ser conscientes de ello. Irene en la primera fila, con la espalda recta y un cuaderno nuevo sobre las rodillas. Salma en la última, con las piernas colgando de la silla y masticando un chicle que técnicamente no debería estar masticando.

Daniela las miró a las dos y sonrió de una forma que sugería que veía algo que ellas todavía no podían ver.

El primer ejercicio fue sencillo: elegir una pareja y presentarse. No con datos normales como el nombre y la edad, sino contando algo que les diera vergüenza.

—La vergüenza es la puerta de la autenticidad —dijo Daniela—. Cuando compartes algo que te avergüenza, le estás diciendo a la otra persona: confío en ti. Y eso es lo más importante del teatro.

Irene miró a su alrededor buscando con quién emparejarse. Las tres chicas que conocía de su colegio ya estaban en parejas. Los chicos murmuraban entre ellos. Y la única persona que quedaba libre era la chica de pelo rizado de la última fila.

Salma levantó la vista y la miró. Durante un segundo, ambas se evaluaron con la rapidez despiadada que tienen los niños de once años. Irene vio ropa usada, zapatillas gastadas y un chicle. Salma vio ropa de marca, pelo planchado y un cuaderno que probablemente costaba más que su mochila entera.

—Bueno —dijo Salma, encogiéndose de hombros—. ¿Te sientas o me levanto?

—Me siento —dijo Irene, y se sentó a su lado.

Se miraron en silencio durante un momento incómodo.

—Yo primero —dijo Salma—. Me llamo Salma y me da vergüenza que mi padre no sabe leer bien en castellano. Es marroquí y aprendió solo, sin ir a ninguna clase, y a veces se equivoca con las letras. Y me da vergüenza que me dé vergüenza, porque él es la persona más inteligente que conozco.

Irene parpadeó. No esperaba tanta sinceridad tan rápido.

—Me llamo Irene —dijo lentamente— y me da vergüenza que mi madre me elige la ropa todos los días. Tengo once años y no puedo vestirme sola porque ella dice que tengo que ir siempre perfecta. Y me da vergüenza que no me atrevo a decirle que no quiero.

Salma la miró con sorpresa genuina.

—¿En serio? ¿Tu madre te elige la ropa?

—Cada día. Hasta los calcetines.

—Eso es… bastante triste, la verdad.

Irene se rio. No una risa educada como las que daba en las cenas de sus padres, sino una risa real que le salió del estómago.

—Sí —admitió—. Es bastante triste.

Y algo pasó en ese momento. Algo pequeño e imperceptible, como cuando dos líneas paralelas, que por definición nunca deberían cruzarse, se desvían un milímetro y empiezan a acercarse.






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