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Álex Herrera tenía diecinueve años y había perfeccionado el arte de ser invisible. No invisible de verdad, por supuesto. Más bien lo contrario: era visible de la manera exacta en que los demás necesitaban que fuera. Hijo ejemplar. Estudiante brillante. El chico que siempre sonreía en las fotos familiares con la cantidad justa de entusiasmo.
Cada mañana, frente al espejo del baño diminuto de su residencia universitaria, ensayaba la versión de sí mismo que presentaría al mundo. Ajustaba la postura, relajaba los hombros, componía esa expresión de seguridad tranquila que su padre siempre había valorado. "Un Herrera no duda", solía decir su padre, y Álex había convertido esa frase en un mandamiento.
La Facultad de Medicina de la Universidad Complutense era un hervidero de ambición y agotamiento. Álex caminaba por los pasillos con la bata blanca impecable, los apuntes organizados por colores, la agenda repleta de horarios de estudio que cumplía con disciplina militar. Sus compañeros lo admiraban o lo envidiaban, según el día. Nadie sospechaba que debajo de toda esa estructura había un vacío que crecía como una grieta en un muro de contención.
—Herrera, ¿vienes a la cafetería? —le preguntó Marta, su compañera de prácticas, mientras recogían el material de la clase de anatomía.
—No puedo, tengo que repasar histología.
Marta puso los ojos en blanco con cariño.
—Algún día vas a descubrir que existe vida más allá de los apuntes.
Álex sonrió, esa sonrisa ensayada que funcionaba como un escudo. Marta era lo más parecido a una amiga que tenía en la facultad, pero incluso con ella mantenía una distancia calculada. La cercanía era peligrosa. La cercanía significaba preguntas, y las preguntas conducían a territorios que Álex había acordonado dentro de sí mismo hacía años.
Volvió a la residencia caminando bajo un cielo de octubre que amenazaba lluvia. Madrid tenía esa luz gris particular del otoño que convertía los edificios en escenografía de una obra melancólica. Álex se puso los auriculares, no tanto por la música como por la excusa de no tener que hablar con nadie.
Su habitación era pequeña y ordenada hasta la obsesión. Los libros alineados por asignatura, la cama hecha con precisión geométrica, ni una sola foto personal en las paredes. Solo un póster del sistema cardiovascular que había comprado en la librería de la facultad, no porque le gustara especialmente, sino porque parecía lo que se esperaba de un estudiante de medicina.
Se sentó en el escritorio y abrió el manual de histología, pero las palabras se desdibujaban ante sus ojos. Llevaba semanas así, con una inquietud sorda que no conseguía localizar en ningún órgano, en ningún sistema. Irónico, pensó, para alguien que se supone que iba a dedicar su vida a diagnosticar.
Su teléfono vibró. Un mensaje de su madre: "Cariño, papá y yo estamos muy orgullosos de ti. Este fin de semana viene la familia de los Mendoza a comer. Carmen pregunta por ti. Besos."
Carmen Mendoza. Veinte años, estudiante de derecho, hija de los mejores amigos de sus padres. Guapa, inteligente, perfecta en todos los sentidos que importaban para la narrativa que su familia había construido. Llevaban años insinuando que harían buena pareja, y Álex nunca había tenido el valor de decir que no.
Tampoco había tenido el valor de decir por qué.
Cerró el mensaje sin responder y se quedó mirando la pantalla oscura del teléfono, donde su propio reflejo le devolvía una mirada que reconocía cada vez menos. Había algo en ese reflejo que pedía ser nombrado, algo que llevaba años empujando hacia el fondo de sí mismo con la esperanza de que, si lo ignoraba el tiempo suficiente, desaparecería.
Pero no desaparecía. Crecía.
Aquella noche, mientras intentaba conciliar el sueño en la oscuridad de su habitación, Álex hizo lo que hacía siempre que la grieta se ensanchaba: repasó mentalmente la lista de razones por las que el silencio era la mejor opción. Su padre, cardiólogo respetado, con ideas firmes sobre cómo debía ser un hombre. Su madre, que vivía para las apariencias del vecindario. Su hermana pequeña, Lucía, que lo idolatraba. La familia extendida, las cenas de Navidad, los domingos de paella, todo ese mundo que dependía de que Álex siguiera siendo exactamente quien todos creían que era.
El problema era que Álex ya no sabía quién era. O peor: empezaba a saberlo, y eso lo aterraba más que cualquier examen, más que cualquier diagnóstico.
Se giró en la cama y apretó los ojos, como si la oscuridad pudiera tragarse también lo que sentía. Mañana sería otro día de máscara perfecta. Mañana volvería a ser el Álex que todos esperaban.
Lo que no sabía es que mañana, en la clase de bioquímica, alguien se sentaría a su lado y le haría una pregunta que empezaría a desmoronar todo lo que había construido.
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