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En una pequeña aldea rodeada de montañas verdes vivía una niña llamada Luna. Tenía el pelo negro como la noche y unos ojos grandes llenos de curiosidad. Le encantaba explorar los bosques, saltar entre las piedras del río y observar a los pájaros que volaban sobre los tejados.
Una mañana de primavera, mientras Luna recogía flores silvestres cerca del camino viejo, escuchó un sonido extraño que venía de la montaña. Era un rugido profundo, pero también suave, como si alguien roncara dentro de una cueva enorme.
—¿Qué será eso? —se preguntó Luna, dejando las flores en el suelo.
Corrió de vuelta a la aldea para contarle a su abuela lo que había escuchado. La abuela Remedios estaba sentada en su mecedora, tejiendo una bufanda de lana azul.
—¡Abuela, abuela! —gritó Luna, sin aliento—. ¡He escuchado un rugido enorme que venía de la cueva de la montaña!
La abuela dejó de tejer y la miró con los ojos muy abiertos.
—Hace muchos años —dijo con voz pausada—, los ancianos contaban que un dragón dormía en las entrañas de la montaña. Pero nadie lo había escuchado desde hacía más de cien años.
—¿Un dragón de verdad? —preguntó Luna, más emocionada que asustada.
—De verdad —respondió la abuela—. Pero, mi niña, los dragones son peligrosos. Prométeme que no irás sola.
Luna asintió, pero por dentro sentía una curiosidad inmensa. Esa noche, mientras todos dormían, se asomó por la ventana y miró hacia la montaña. La luna llena iluminaba la entrada de la cueva como si fuera una invitación.
Al día siguiente, la noticia se extendió por toda la aldea. El panadero don Tomás cerró su tienda con doble llave. La señora Pilar escondió a sus gallinas en el sótano. El alcalde convocó una reunión urgente en la plaza.
—¡Debemos sellar la cueva con piedras enormes! —gritó el herrero, muy nervioso.
—¡O irnos de aquí antes de que el dragón despierte del todo! —añadió la maestra con la voz temblorosa.
Todo el mundo hablaba a la vez. Todos tenían miedo. Todos querían huir o esconderse. Pero Luna levantó la mano con decisión.
—¿Y si el dragón no es malo? —dijo con voz clara—. ¿Y si solo está dormido y no quiere hacernos daño?
Todos se quedaron en silencio mirándola. Después, varios adultos negaron con la cabeza.
—Los dragones siempre son peligrosos, niña —dijo el alcalde—. Así ha sido siempre.
Luna bajó la mirada, pero no cambió de opinión. En su corazón sentía que había algo más en aquella historia. Algo que los demás no podían ver porque el miedo les tapaba los ojos.
Esa noche, acurrucada en su cama, Luna tomó una decisión. Iría a la cueva ella sola. Quería conocer al dragón antes de que los adultos hicieran algo terrible. Apretó su osito de peluche contra el pecho y susurró:
—Mañana descubriré la verdad.
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