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La excursión iba bien hasta que dejó de ir bien.
El grupo de sexto del colegio San Martín llevaba tres horas caminando por el sendero que subía al refugio de Ordesa cuando el cielo, que había amanecido azul y despejado, se cubrió de nubes negras en menos de veinte minutos. El viento cambió de dirección, la temperatura bajó diez grados y los primeros truenos retumbaron entre las montañas como golpes de tambor.
-Esto no estaba en la previsión -dijo Marcos, el monitor de montaña, mirando su teléfono con el ceño fruncido-. Se supone que la tormenta no llegaba hasta mañana.
Marcos tenía veintiséis años, barba castaña y la experiencia de diez años haciendo rutas de montaña. No era hombre de asustarse fácilmente, pero la velocidad con la que el tiempo había cambiado lo puso nervioso.
El grupo principal, con los dos profesores y dieciocho alumnos, iba cincuenta metros por delante. Marcos se había quedado atrás con los cinco rezagados: los más lentos, los más torpes, los que siempre se quedaban atrás en todo.
Estaba Julia, once años, la más atlética del grupo pero con un esguince en el tobillo izquierdo que la hacía cojear. Estaba Rafa, doce años, el más alto de la clase, fuerte como un roble pero con un sentido de la orientación que lo hacía perderse yendo del baño a la cocina de su propia casa. Estaba Zara, once años, callada y seria, hija de una veterinaria que le había enseñado primeros auxilios y botánica, pero que sufría ansiedad en situaciones de estrés. Estaba Hugo, once años, el gracioso de la clase, siempre con un chiste preparado, pero con un miedo secreto a las alturas que lo paralizaba en las subidas empinadas. Y estaba Leire, doce años, la organizada, la que llevaba un cuaderno con listas para todo, pero que nunca había dormido fuera de casa y la idea de pasar una noche en un refugio de montaña la aterrorizaba más de lo que admitía.
Cinco niños que, en circunstancias normales, no habrían elegido estar juntos. La vida es así: te junta con quien te toca, no con quien eliges.
La lluvia empezó de golpe, como si alguien hubiera abierto un grifo en el cielo. No era lluvia normal de montaña: era un diluvio, grueso y frío, que calaba la ropa en segundos y convertía el sendero en un arroyo de barro.
-¡Todo el mundo al refugio de emergencia! -gritó Marcos-. ¡Hay uno a trescientos metros, cuesta arriba!
-¿Y el grupo principal? -gritó Julia, chorreando agua.
-Los profesores los llevarán al refugio grande, que está sendero abajo. Nosotros no podemos llegar allí con esta lluvia. Vamos arriba.
Subieron los trescientos metros bajo la tormenta, resbalando en el barro, agarrándose a las rocas, con el viento empujándolos como si quisiera arrancarlos de la montaña. Hugo se quedó paralizado a mitad de camino, mirando el precipicio a su derecha con los ojos desorbitados.
-No puedo -dijo-. No puedo seguir.
Rafa lo agarró del brazo con sus manos enormes.
-Sí puedes. Mírame a mí. No mires abajo. Mírame a mí y camina.
Hugo caminó. No porque pudiera, sino porque Rafa no le dejó opción.
El refugio de emergencia era una construcción de piedra y madera del tamaño de un garaje, con una puerta metálica, dos ventanas estrechas y un interior que olía a humedad y desuso. Dentro había una litera doble con colchones finos, una mesa con un banco, una estufa de leña vieja y un armario con mantas, algunas latas de conserva y un botiquín de primeros auxilios.
-No hay cobertura -dijo Marcos, mirando su teléfono-. Cero barras. El repetidor debe de estar caído por la tormenta.
-¿Cuándo volverá? -preguntó Leire con voz temblorosa.
-No lo sé. Pero los profesores saben dónde estamos. Cuando la tormenta pase, enviarán ayuda.
-¿Y si no pasa pronto? -preguntó Zara.
Marcos la miró con la honestidad que los niños merecen y los adultos rara vez ofrecen.
-Si no pasa pronto, tendremos que organizarnos. Tenemos techo, tenemos mantas, tenemos algo de comida y tenemos leña. No es lo ideal, pero es suficiente. Lo importante es no dejarse llevar por el pánico.
Encendieron la estufa. Marcos sabía encender fuego con leña húmeda, y en media hora el refugio empezó a calentarse. Se quitaron la ropa mojada y la tendieron cerca de la estufa. Se envolvieron en las mantas ásperas que olían a naftalina y se sentaron alrededor de la estufa, temblando, mojados, asustados.
Leire sacó su cuaderno del fondo de su mochila, donde lo había envuelto en una bolsa de plástico. Estaba seco.
-Voy a hacer inventario -dijo, y nadie se rió de ella. De repente, las listas de Leire no parecían tan ridículas.
-Ocho latas de conserva: cuatro de atún, dos de alubias, una de melocotón en almíbar y una de sardinas. Un paquete de galletas. Una barra de chocolate que Rafa llevaba en la mochila. Cuatro litros de agua embotellada. Un botiquín con vendas, desinfectante, paracetamol y tiritas. Seis mantas. Leña para dos o tres días. Un hacha. Un silbato de emergencia. Y lo que cada uno lleve en la mochila.
-Yo llevo frutos secos y una barrita energética -dijo Julia.
-Yo, un chubasquero de repuesto y una linterna -añadió Zara.
-Yo llevo un libro -dijo Hugo-. Pero dudo que nos sirva para comer.
-No, pero nos servirá para no volvernos locos -dijo Marcos con una media sonrisa-. Bien, equipo. Esto es lo que hay. No es mucho, pero es lo que tenemos. La pregunta es: ¿qué hacemos con ello?
Se miraron los unos a los otros. Cinco niños y un adulto, solos en una montaña, bajo una tormenta, sin comunicación.
Fue Julia quien habló primero.
-Sobrevivimos.
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