Book eliminación

Book Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.

Chapter eliminación

Chapter Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.

Class eliminación

Class Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.

Assignment eliminación

Assignment Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.

Quiz eliminación

Quiz Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.

Discussion eliminación

Discussion Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.

Character eliminación

Character Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.

School eliminación

School Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.

Sombras en la biblioteca
Capítulo 1: La niebla que lo cambia todo


PDF

EPUB



18px


0px


1.8

Tema





Permite el desplazamiento vertical (corrige el contenido recortado en algunos dispositivos iOS)


1x

El autobús serpenteaba por la carretera costera de Galicia como una oruga cansada, envuelto en una niebla tan espesa que Valeria Montes apenas distinguía los árboles al otro lado de la ventanilla. Apoyó la frente contra el cristal frío y observó cómo las gotas de condensación trazaban caminos irregulares, pequeños ríos en miniatura que morían al llegar al marco de goma. Tenía trece años, el pelo castaño recogido en una trenza despeinada y unos ojos color avellana que su madre siempre decía que eran demasiado observadores para su propio bien.

El Colegio Avellaneda apareció de pronto entre la bruma como un gigante de piedra dormido. Era un edificio del siglo XIX, con torres cubiertas de hiedra y ventanales góticos que reflejaban el cielo plomizo. Valeria llevaba dos años estudiando allí, pero cada septiembre, al verlo emerger de la niebla gallega, sentía el mismo escalofrío: una mezcla de fascinación y algo parecido al respeto que se siente ante las cosas muy antiguas y muy grandes.

—Parece sacado de una novela de terror —murmuró alguien detrás de ella.

Valeria se giró. El chico que había hablado era nuevo. Tenía la piel morena, el pelo negro algo largo y unos ojos oscuros que parecían registrar todo lo que veían con una intensidad extraña. Sostenía un cuaderno de tapas verdes contra el pecho, como si fuera un escudo.

—Es bonito cuando sale el sol —respondió Valeria—. Que son unos tres días al año.

El chico sonrió levemente, pero no dijo nada más. Sus ojos se habían quedado fijos en el edificio, y Valeria notó algo curioso: movía los dedos de la mano izquierda como si estuviera tocando un piano invisible. Quiso preguntarle su nombre, pero el autobús frenó de golpe y el caos de maletas, gritos y empujones se lo impidió.

El vestíbulo del Colegio Avellaneda olía a madera vieja y a cera de abeja, como siempre. Los retratos al óleo de antiguos directores observaban desde las paredes con expresiones severas, y la gran escalinata de roble crujía bajo los pies de los estudiantes como si el edificio mismo protestara por el alboroto. Valeria buscó con la mirada a su mejor amiga, Claudia Reyes, y la encontró junto a la fuente del patio interior.

Pero algo estaba mal.

Claudia, que el curso anterior había sido la persona más ruidosa y entusiasta de todo segundo de la ESO, la chica que organizaba protestas por la comida del comedor y escribía obras de teatro que obligaba a todo el mundo a ensayar, estaba sentada en el borde de la fuente con la mirada perdida y una sonrisa vaga que no le llegaba a los ojos.

—¡Claudia! —Valeria corrió hacia ella y la abrazó—. ¿Qué tal el verano? ¿Terminaste la obra sobre los piratas?

Claudia parpadeó lentamente, como si acabara de despertar.

—Ah, hola, Val. El verano estuvo bien. Tranquilo.

—¿Tranquilo? Tú me mandaste veintitrés audios en un solo día en julio contándome que habías decidido montar un circo en el jardín de tu abuela.

Claudia se encogió de hombros con una placidez que a Valeria le resultó inquietante.

—Supongo que maduré. Ya sabes, esas cosas eran un poco infantiles.

Valeria la miró fijamente. Aquella no era la Claudia que conocía. Era como si alguien hubiera bajado el volumen de su personalidad hasta casi silenciarla. Quiso insistir, pero en ese momento una voz amplificada resonó por los altavoces del vestíbulo.

—Bienvenidos al nuevo curso en el Colegio Avellaneda. Todos los alumnos, por favor, diríjanse al salón de actos para la presentación del Programa Armonía.

El salón de actos era una sala enorme con vigas de madera oscura y bancos de iglesia reconvertidos en asientos. En el escenario, bajo una pantalla digital enorme que contrastaba violentamente con la arquitectura centenaria, estaba doña Mercedes Leira, la directora. Era una mujer alta, de unos cincuenta años, con el pelo gris cortado en una melena impecable y unos ojos azules que transmitían una mezcla de autoridad y genuina preocupación por sus alumnos. Valeria siempre la había respetado. Era severa pero justa, y se sabía el nombre de cada uno de los doscientos estudiantes del internado.

—Queridos alumnos —comenzó doña Mercedes con voz firme—, este año marcará un antes y un después en la historia de nuestro colegio. Hemos sido seleccionados como centro piloto para el Programa Armonía, desarrollado por la empresa tecnológica NexEduca. Se trata de una plataforma de aprendizaje digital adaptativo que personalizará vuestra experiencia educativa y os ayudará a gestionar el estrés y las emociones.

La pantalla se iluminó con un logotipo elegante: una esfera azul con ondas concéntricas que recordaban a las ondas cerebrales. Debajo, el lema: «Armonía: tu mejor versión».

—Cada uno de vosotros recibirá una tablet con acceso exclusivo a la plataforma —continuó la directora—. Las sesiones de Armonía se integrarán en el horario lectivo. Confío en que aprovecharéis esta oportunidad extraordinaria.

Valeria miró a su alrededor. La mayoría de los alumnos parecían entusiasmados con la idea de recibir tablets nuevas. Pero ella notó algo que la inquietó: los estudiantes que habían participado en la fase de pruebas durante el verano, reconocibles porque ya llevaban las tablets en las manos, tenían todos la misma expresión serena y ligeramente vacía que había visto en Claudia. Eran unos veinte, repartidos por el salón, y sus rostros compartían esa sonrisa tenue, esa mirada apacible que parecía contemplar el mundo desde detrás de un cristal.

Un codazo en las costillas la sacó de sus observaciones.

—Eh, ¿a ti también te parece raro o soy yo? —susurró una voz a su izquierda.

Valeria se giró y se encontró con un chico de pelo rubio alborotado, pecas en la nariz y una camiseta que decía «Los poetas no mueren, se convierten en metáforas». Tenía los ojos verdes y un bolígrafo detrás de cada oreja. Se movía constantemente: un pie golpeando el suelo, los dedos tamborileando en la rodilla, la cabeza girando de un lado a otro como si el mundo fuera demasiado interesante para mirar en una sola dirección.

—Soy Leo —dijo—. Leo Durán. Y algo aquí huele mal, y no me refiero a los bocadillos del comedor.

—Valeria —respondió ella, sintiendo un alivio inmediato al encontrar a alguien más que veía lo que ella veía—. ¿Conoces a alguno de los de la prueba piloto?

—A Marcos Gil. Era mi compañero de cuarto el año pasado. Nos pasábamos las noches hablando de música y escribiendo letras horribles para una banda que nunca formamos. —Leo bajó la voz—. Ahora me mira como si fuera un desconocido. Me dijo que había dejado la guitarra porque le parecía una distracción innecesaria. Marcos. Que dormía abrazado a su guitarra.

Valeria sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la humedad gallega.

Después de la presentación, mientras los alumnos se dirigían a sus habitaciones arrastrando maletas por los pasillos de piedra, Valeria decidió pasar por la biblioteca. La biblioteca del Colegio Avellaneda era su lugar favorito en el mundo: dos plantas de estanterías que llegaban al techo, escaleras de caracol, rincones escondidos tras cortinas de terciopelo gastado y esa luz dorada que se filtraba por los vitrales incluso en los días más grises.

Detrás del mostrador de préstamos estaba doña Carmen, la bibliotecaria, una mujer menuda con gafas de montura roja que tenía la asombrosa capacidad de encontrar el libro perfecto para cualquier persona en cualquier momento. Y junto a ella, sentada en un taburete alto con un libro enorme abierto sobre las rodillas, estaba su hija.

—¡Sofía! —exclamó Valeria.

Sofía Herrera tenía trece años, el pelo rizado de color cobrizo y la cara salpicada de pecas. Había crecido literalmente entre libros, y conocía la biblioteca mejor que nadie, incluida su madre. Pero lo que muy pocos sabían era que también conocía los pasadizos secretos del colegio: los túneles que conectaban la biblioteca con el sótano, la escalera oculta tras la estantería de historia medieval, el conducto de ventilación que llevaba desde la sala de profesores hasta la torre del reloj.

—Valeria, tienes que ver esto —dijo Sofía sin levantar la vista del libro—. Estoy comparando los planos originales del colegio con las reformas que hicieron este verano. Han instalado algo en las paredes del ala norte. Cables que no corresponden a ningún sistema eléctrico normal.

—¿Cables? ¿Como para internet?

Sofía levantó la mirada y Valeria vio en sus ojos algo que reconoció inmediatamente: la misma inquietud que sentía ella.

—No. Son demasiados y están distribuidos de una forma extraña. He contado los puntos de instalación y forman una especie de red que cubre todas las aulas del ala norte. Y el ala norte es exactamente donde se van a impartir las sesiones de Armonía.

Valeria se sentó junto a ella y le contó lo de Claudia, lo de los estudiantes del programa piloto, lo que Leo le había dicho sobre Marcos. Mientras hablaban, la puerta de la biblioteca se abrió y entró el chico nuevo del autobús, el de los ojos oscuros y el cuaderno verde.

Se detuvo en el umbral y las miró. Luego miró la sala. Y entonces hizo algo que Valeria no olvidaría jamás: levantó la mano izquierda y movió los dedos en el aire, como si estuviera acariciando algo invisible.

—Es azul —dijo en voz baja—. Esta sala es azul y dorada. Muy tranquila.

Valeria y Sofía intercambiaron una mirada.

—Perdón —dijo el chico, sonrojándose—. Me llamo Daniel. Daniel Vega. Tengo sinestesia. Veo las emociones como colores. Las de las personas, las de los lugares. No puedo evitarlo.

—¿Ves los colores de las emociones? —repitió Valeria, fascinada.

—Sí. Ahora mismo, tú eres naranja intenso. Preocupación mezclada con determinación. Y ella —señaló a Sofía— es verde esmeralda. Curiosidad pura.

Hubo un silencio. Luego Sofía cerró el libro de planos y dijo:

—Daniel, ¿podrías ver si las emociones de una persona han sido… alteradas de algún modo?

Daniel pareció considerar la pregunta con una seriedad que superaba la de cualquier chico de trece años.

—Podría. Las emociones auténticas tienen colores limpios, vibrantes. Si algo estuviera interfiriendo, los colores se verían turbios. Apagados. Como una acuarela a la que le han echado demasiada agua.

Valeria tomó una decisión en ese instante. No sabía exactamente qué estaba pasando en el Colegio Avellaneda, pero sabía tres cosas: que sus compañeros estaban cambiando, que el Programa Armonía tenía algo que ver, y que no iba a quedarse de brazos cruzados.

—Daniel —dijo—, ¿te gustaría sentarte con nosotras en la cena? Creo que tenemos mucho de lo que hablar.

Esa noche, en una mesa del rincón del comedor, mientras la lluvia golpeaba los ventanales y el viento aullaba entre las torres del colegio, Valeria, Leo, Sofía y Daniel compartieron lo que sabían. No era mucho, pero era suficiente para saber que algo no estaba bien. Y cuando Valeria propuso investigar juntos, nadie dudó.

Fuera, la niebla envolvía el Colegio Avellaneda como un sudario, y las luces de las ventanas brillaban como ojos en la oscuridad. Dentro de aquellos muros centenarios, cuatro adolescentes acababan de formar una alianza que cambiaría todo. Aunque en aquel momento, mientras brindaban torpemente con sus vasos de agua, ninguno de ellos podía imaginar hasta qué punto.






close

Social Media Content eliminación

Social Media Content Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.

Generando temas...

Por favor espere mientras se generan los temas...

Generando contenido...

Por favor espere mientras se genera el contenido...

Generando contenido para redes sociales...

Por favor espere mientras se genera el contenido de las redes sociales...

Generating Instagram Image...

Please wait while the Instagram image is being generated...

Funnel eliminación

Funnel Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.

Organization eliminación

Organization Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.

account_circle

Herramienta de análisis de bots

Herramienta de análisis de bots

Esta herramienta analiza a los usuarios existentes para identificar posibles bots basándose en diversos patrones y comportamientos.

Criterios de análisis:

  • Patrones de correo electrónico sospechosos (correos electrónicos secuenciales y temporales)
  • Nombres de usuario tipo bot (usuario123, test456, etc.)
  • Datos de perfil vacíos o genéricos
  • Múltiples registros desde la misma IP
  • Cadenas de agente de usuario sospechosas
  • Sin actividad desde el registro

Advertencia: Este análisis se basa en patrones y puede generar falsos positivos. Revise siempre los resultados cuidadosamente antes de actuar.