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Supervivientes del glaciar perdido
Capítulo 1: La tormenta


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La excursión al Pirineo parecía una buena idea cuando la organizaron en septiembre. Un fin de semana de senderismo para los alumnos de sexto: dos días de montaña, aire fresco y naturaleza. El Profesor Torres lo había planeado todo con precisión: rutas marcadas, teléfono por satélite, botiquín completo, dos monitores de apoyo.

Lo que no había planeado era la tormenta.

Las previsiones meteorológicas daban cielo despejado para todo el fin de semana. Pero las montañas tienen su propio carácter y no siempre obedecen a los meteorólogos. A las once de la mañana del sábado, mientras el grupo de veintitrés alumnos subía por una ladera de hierba y roca, el cielo se oscureció en veinte minutos. No gradualmente, como suele pasar: de golpe, como si alguien hubiera apagado la luz.

—¡Reagrupaos! —gritó el Profesor Torres, que iba en cabeza—. ¡Todos juntos! ¡No os separéis!

El viento llegó primero: un viento helado que bajaba de las cumbres con la fuerza de un tren. Luego la lluvia, tan densa que no se veía a dos metros de distancia. Y finalmente la niebla, una cortina blanca que borró el paisaje como una goma de borrar gigante.

Bruno estaba en la cola del grupo cuando la tormenta golpeó. Era el más grande de la clase —un metro sesenta y cinco de puro músculo— y normalmente el que más rápido andaba. Pero ese día se había retrasado porque Clara le había pedido que la esperara: Clara cargaba con una mochila demasiado pesada porque había metido tres libros «por si me aburro», lo que le hacía ir más despacio.

Con ellos iban Diego, Nora y Jaime. Diego porque siempre estaba donde había risas y había estado contándoles chistes durante toda la subida. Nora porque era la encargada del cuaderno de observación de la naturaleza y se detenía cada diez metros a anotar una planta o un insecto. Y Jaime porque… Jaime siempre estaba al final. No porque fuera lento, sino porque tenía miedo de las alturas y cada paso que daba le costaba el doble que a los demás.

Cuando la niebla los envolvió, los cinco se cogieron de las manos instintivamente.

—¡Profesor! —gritó Bruno.

Su voz se perdió en el viento. Gritó más fuerte. Nada.

—No pueden oírnos —dijo Clara, que ya estaba evaluando la situación con su cerebro analítico—. El viento va en contra. Lleva nuestras voces hacia atrás.

—Entonces caminemos hacia adelante —dijo Bruno, tirando del grupo.

—¡No! —Nora se plantó—. Si no sabemos exactamente dónde está el sendero, podemos desviarnos. En montaña, moverse sin visibilidad es la peor decisión que puedes tomar. Regla número uno de supervivencia.

—¿Y qué hacemos, quedarnos aquí bajo la lluvia? —Bruno estaba empapado y furioso.

—Buscamos refugio —dijo Nora—. Tiene que haber algo: una roca grande, un saliente, un desnivel del terreno. Algo que nos proteja del viento y la lluvia.

Diego, que no había dejado de mirar a su alrededor a pesar de la niebla, señaló a la derecha.

—Ahí. Creo que veo algo oscuro. Podría ser una roca.

Avanzaron despacio, cogidos de las manos. La lluvia arreciaba y el frío se metía por cada costura de la ropa. Jaime temblaba, no solo de frío sino de miedo. Cada paso que daba le costaba una batalla interna.

—Jaime, estoy aquí —le dijo Clara, apretándole la mano—. No voy a soltarte.

Lo que Diego había visto era, efectivamente, una roca. Pero no cualquier roca: era un bloque de granito enorme, del tamaño de una furgoneta, con un saliente que formaba una especie de techo natural. Debajo había espacio suficiente para los cinco, protegido del viento y parcialmente de la lluvia.

Se metieron debajo, apiñados como sardinas. Bruno se sentó en el borde exterior, haciendo de barrera contra el viento. Clara organizó las mochilas para que sirvieran de aislante contra el suelo frío. Nora sacó una manta térmica de emergencia de su mochila —era la única que había pensado en llevar una— y la extendieron sobre los cinco. Diego se colocó junto a Jaime, que seguía temblando.

—Oye, Jaime —dijo Diego con su tono despreocupado habitual—. ¿Sabes cuál es la montaña más graciosa?

Jaime negó con la cabeza, incapaz de hablar.

—El Monte Risa. Porque siempre está desternillándose.

Nadie se rio. Pero Jaime dejó de temblar un poco.

—¿Cuánto durará la tormenta? —preguntó Bruno.

—En montaña, las tormentas de verano pueden durar entre una hora y un día entero —dijo Nora—. No hay forma de saberlo.

—El Profesor Torres nos echará de menos enseguida —dijo Clara—. Cuenta al grupo cada hora. Cuando vea que faltamos cinco, organizará la búsqueda.

—Pero con esta niebla no pueden buscarnos —señaló Bruno—. Ningún helicóptero vuela con esta visibilidad.

—Entonces tenemos que esperar —dijo Nora—. Proteger el calor corporal, mantenernos secos lo que podamos y no movernos hasta que aclare.

Bruno apretó los puños. No era bueno esperando. Era el delantero centro del equipo de fútbol, el primero en llegar a todas partes, el que resolvía todo con acción. La paciencia no era su fuerte.

—Bruno —dijo Clara con calma—, sé que quieres hacer algo. Pero ahora mismo, lo mejor que podemos hacer es precisamente nada. Esperar es una habilidad, no una debilidad.

Bruno la miró. Clara pesaba treinta kilos menos que él y llevaba gafas de pasta, pero en ese momento parecía la persona más fuerte del grupo.

—De acuerdo —dijo Bruno—. Esperamos.

La tormenta rugía fuera del refugio de roca. El agua caía a cántaros. La temperatura descendía. Y cinco niños de once y doce años, separados de su grupo en la montaña, se apiñaron bajo una manta térmica y esperaron.

En algún lugar de la ladera, a quinientos metros de distancia, el Profesor Torres contaba alumnos y sentía que el suelo se hundía bajo sus pies.

—Faltan cinco —dijo con voz blanca—. Faltan cinco.






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