Book Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
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Vera Soto se despertó con una puntuación de 87 en su índice emocional. Lo vio proyectado en la pared de su habitación en cuanto abrió los ojos: un número verde brillante que indicaba que su estado anímico estaba dentro de los parámetros óptimos establecidos por el Sistema Concordia. Cualquier puntuación entre 80 y 95 era considerada «armónica». Por debajo de 80 se activaban protocolos de ajuste. Por encima de 95, también: la euforia excesiva era tan peligrosa como la tristeza.
Era así desde que tenía memoria. El implante neuronal, insertado al nacer en la base del cráneo, monitorizaba sus emociones en tiempo real y las regulaba mediante microdosis de neurotransmisores. Si sentía demasiada tristeza, el implante liberaba serotonina. Si sentía demasiada rabia, liberaba oxitocina. Si sentía demasiado deseo, liberaba un inhibidor que lo reducía a niveles tolerables.
El resultado era una vida sin extremos. Sin peleas, sin depresiones, sin pasiones desbordantes. Nova Armonía era la primera ciudad del mundo en haber eliminado el conflicto emocional, y sus ciudadanos vivían en una calma perpetua que los paneles informativos de la plaza central describían como «la paz que siempre merecimos».
Vera se levantó, se duchó con agua a la temperatura exacta que su implante consideraba relajante, y desayunó el menú que el sistema le había asignado según sus necesidades nutricionales. Su madre, Elena, estaba sentada frente a ella con una taza de infusión de valeriana sintética, mirando los informes de bienestar familiar que aparecían en la pantalla de la cocina.
—Tu padre tiene un 83 hoy —dijo Elena con una sonrisa uniforme—. Ayer bajó a 78 por un problema en el trabajo, pero el ajuste nocturno lo estabilizó.
—¿Qué problema?
—Un desacuerdo con un colega sobre un proyecto. Nada importante. El sistema lo resolvió.
Vera asintió. Así funcionaban las cosas: los desacuerdos eran identificados por el sistema, los niveles emocionales de los implicados eran ajustados, y el conflicto desaparecía antes de que pudiera crecer. Nadie discutía en Nova Armonía. Nadie gritaba, nadie lloraba, nadie amaba con la intensidad que los libros de historia describían como «pasión». Todo estaba bajo control.
De camino al centro educativo, Vera caminó por las calles impecables de la ciudad. Los edificios eran blancos y curvos, diseñados para transmitir serenidad. Los árboles estaban plantados a intervalos exactos, podados en formas simétricas. La gente caminaba a un ritmo constante, sin prisa pero sin pausa, con expresiones que variaban entre la calma y la satisfacción moderada.
No había mendigos, ni grafitis, ni perros callejeros, ni música callejera. Tampoco había arte público, ni protestas, ni besos apasionados en los bancos. Nova Armonía había eliminado el caos, pero con él se habían ido también muchas cosas que Vera no sabía que existían.
En el centro educativo, su clase de Convivencia Social comenzó con la lección del día: «Historia de los conflictos emocionales y su superación».
—Antes del Sistema Concordia —explicó la profesora Liang, una mujer de voz modulada y expresión invariable—, las sociedades humanas estaban dominadas por emociones primitivas: la ira provocaba guerras, los celos destruían familias, la codicia generaba desigualdad. El Gran Colapso de 2045 fue la consecuencia final de una especie incapaz de controlar sus impulsos.
—¿Y antes del Colapso no había nada bueno? —preguntó Vera.
La profesora la miró con una expresión que podría haber sido sorpresa si el sistema lo hubiera permitido.
—Había cosas que la gente llamaba buenas. Arte, música, literatura. Pero eran subproductos de la inestabilidad emocional. La creatividad nacía del dolor, y el dolor es algo que Nova Armonía ha decidido eliminar.
Vera no respondió. Pero algo se movió dentro de ella, algo pequeño y molesto, como una piedra en un zapato. Una incomodidad que no sabía nombrar.
Aquella noche, mientras se preparaba para dormir, el número de la pared marcó 79. Estaba un punto por debajo del rango armónico. El implante debería haber corregido la desviación automáticamente, liberando las sustancias necesarias para devolverla al 80.
Pero no lo hizo. El número permaneció en 79 durante cinco minutos, luego bajó a 77, luego a 74. Vera sintió algo que no había sentido nunca: una oleada de inquietud que crecía desde el pecho y se extendía por todo el cuerpo. No era dolor, exactamente. Era más parecido a una pregunta sin respuesta, a un hueco que pedía ser llenado.
Miró el número rojo parpadeante —74, fuera de rango, alerta activada— y esperó el ajuste. Pero el ajuste no llegó.
Por primera vez en su vida, Vera Soto estaba sintiendo algo que el sistema no podía controlar.
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