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En Cromacia todo el mundo tenía un color. No un color favorito, sino un color obligatorio. Cuando nacías, el Gran Regulador te asignaba un color y ese color te acompañaba para siempre. Tu ropa, tu casa, tu comida, tus libros: todo debía ser de tu color asignado. Mezclar colores estaba prohibido. Ver más de un color a la vez se consideraba una enfermedad peligrosa llamada «cromomanía».
Iris era azul. Azul como el cielo de invierno, azul como el fondo del mar, azul como la tristeza que a veces sentía sin saber por qué. Sus padres eran azules, sus vecinos eran azules, su colegio era azul. Todo en el Barrio Azul era de ese único tono, desde los buzones hasta los gatos.
A Iris le gustaba su color, pero a veces, cuando estaba sola en su habitación azul mirando por la ventana azul, se preguntaba cómo serían los otros colores. Sabía que existían porque en el colegio le habían enseñado que Cromacia tenía siete barrios: Azul, Rojo, Amarillo, Verde, Naranja, Violeta y Blanco. Cada barrio estaba separado por muros altos y nadie podía cruzar de un barrio a otro sin un permiso especial del Gran Regulador.
—¿Por qué no podemos visitar otros barrios? —le preguntó una vez a su madre.
—Porque los colores no deben mezclarse, Iris. Cuando se mezclan, crean confusión. El Gran Regulador descubrió hace muchos años que la gente era más feliz cuando todo era sencillo: un color, una forma de vida, una manera de ver el mundo.
—Pero ¿cómo sabemos que somos felices si no conocemos otra cosa?
Su madre la miró con una mezcla de miedo y admiración.
—No hagas esas preguntas fuera de casa, cariño. Las preguntas sobre los colores están prohibidas.
Iris obedeció, pero las preguntas siguieron creciendo dentro de ella como semillas que buscan la luz.
Todo cambió un martes por la mañana. Iris iba caminando al colegio por la calle Principal Azul cuando vio algo en el suelo que la hizo detenerse en seco. Entre las baldosas azules del pavimento había una flor. Una flor diminuta que había crecido en una grieta del cemento. Y esa flor no era azul.
Era roja.
Iris se agachó y la miró con los ojos muy abiertos. Nunca había visto el color rojo en la vida real. En los libros del colegio aparecía como un recuadro gris con la etiqueta «ROJO: color del Barrio Este, no apto para ciudadanos azules». Pero ahora lo veía con sus propios ojos y era… extraordinario. Era como si el suelo hubiera gritado.
Se quedó mirando la flor tanto tiempo que llegó tarde al colegio. Cuando entró en el aula, la profesora Celeste la regañó.
—Iris, la puntualidad es una virtud azul. Los azules somos ordenados y puntuales.
—Perdone, profesora. Es que he visto una flor roja.
El silencio que cayó sobre el aula fue absoluto. Treinta pares de ojos azules la miraron como si hubiera dicho una palabrota. La profesora Celeste se puso pálida, que en el Barrio Azul significaba ponerse de un azul muy claro.
—Iris, ver colores que no son el tuyo es un síntoma de cromomanía. Voy a tener que informar a las autoridades.
—Pero es solo una flor…
—No existe «solo una flor» cuando hablamos de colores prohibidos. Siéntate y no digas nada más.
Iris se sentó, asustada y confusa. ¿Qué tenía de malo ver una flor de otro color? ¿Por qué todos actuaban como si hubiera cometido un crimen? Miró por la ventana azul del aula y, por primera vez, el azul le pareció una jaula.
Aquella tarde, cuando volvió a casa, encontró a dos Guardianes Cromáticos esperándola en la puerta. Vestían uniformes grises, el único color neutral permitido para la policía, y llevaban unas gafas especiales con cristales que filtraban todos los colores excepto el asignado.
—Iris, hija de Cobalto y Marina, del Barrio Azul —dijo el primer guardián leyendo una tableta gris—. Se te acusa de percepción cromática no autorizada. Tendrás que someterte a una evaluación en el Centro de Regulación.
Iris miró a su madre, que estaba en la puerta con lágrimas azules en los ojos.
—Mamá, solo vi una flor —susurró Iris.
—Lo sé, cariño —dijo su madre abrazándola—. Pero en Cromacia, ver lo que no debes ver es el mayor delito que existe.
Iris subió al coche gris de los guardianes sin saber que aquel viaje cambiaría su vida para siempre. Porque lo que descubriría en el Centro de Regulación no era una enfermedad. Era un don. Y ese don haría temblar los cimientos de todo Cromacia.
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